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viernes, 9 de enero de 2015

guerra contra la cultura a comienzos del siglo xxi

Los últimos acontecimientos en Francia nos están haciendo pensar a fondo sobre la sociedad global en la que vivimos.  Estamos entrando en el siglo XXI debatiéndonos en una auténtica guerra de cultura, es decir, de conciencia y sensibilidad humanas.  Por todas partes el sufrimiento humano es amordazado y las sociedades desarrolladas viven de espaldas a los dramas de desigualdad y miseria creados por el propio hombre. La humanidad lucha a brazo partido por volverse más consciente, más sensible, pero la barbarie inhumana que también anida en la humanidad insiste en sembrar dolor, tragedia y brutalidad. Es una auténtica guerra evolutiva, como explican los expertos. O avanzamos un paso hacia una sociedad global más sensible y humana, más consciente y unida, o retrocedemos hacia la miseria. las dos tendencias se oponen cada día en las noticias.

Lo que realmente aterra, de los movimientos fundamentalistas por todo el planeta, es la raíz de sus planteamientos. Lo que ahora percibimos es cómo se ve todo el planeta asediado por una barbarie que es fundamentalmente ignorante e insensible. Insensible con sus propios compatriotas, con las mujeres de los países donde brota el islamismo fóbico, con la sociedad extranjera y con los ciudadanos de todos los otros países. Es un enemigo inhumano: no hay sensibilidad, no hay comunicación, no hay consciencia al respecto del dolor que causan con sus actos, aunque sí piensan en sus efectos.

Es imposible luchar contra un enemigo inhumano. El enemigo inhumano, que pertenece a nuestra especie pero no tiene ningún tipo de sensibilidad hacia ella, es temiblemente eficaz. Puede surgir en cualquier parte, puede atacar al más débil o a lo más delicado de una sociedad. Puede levantar el fusil contra cincuenta niños o contra un anciano, contra dibujantes o contra un cooperante en África.  En realidad, está luchando el pasado de la humanidad, el bestialismo más cruel y despiadado, contra la consciencia empática, contra la cultura, contra la delicadeza. Es una lucha temible.

Lo que se ha vivido en Francia es una guerra contra la cultura. Cuando determinados terroristas atacan bestialmente a una revista de humor, no solamente están matando a personas: quieren matar el humor, la comedia, ese producto refinado de una cultura que permite pensar las cosas, que juega con las ideas, que desdobla los significados y que se ríe de sí misma.

En Europa la comedia, el humor, el dibujo satírico, son un refinado logro cultural. Nuestra civilización vale sobre todo porque ha sabido reirse de sí misma, desde Demócrito hasta nuestros días. Reírnos de nosotros mismos, de nuestras religiones, de nuestros conceptos, es una de las formas más ricas y evolucionadas de conducta. Supone que sabemos separarnos de las construcciones de nuestra mente y que somos conscientes de que son simples tinglados sin importancia. Supone que podemos despreciar todo lo rígido, todo lo estereotipado, todo lo endurecido por el respeto y la seriedad litúrgicas, y vaciarlo en una operación que es metafísica.

El humor está en nuestro periodismo como en nuestro teatro, en nuestra comunicación interpersonal, en nuestra cultura digital, y es el síntoma de que esta sociedad tiende a la cultura. Cuando podemos construir chistes de todas las cosas significa que podemos crear otras diferentes, crecer y cambiar.

Muchos de estos maníacos religiosos no llegan a reírse de nada. Han perdido una de las cosas que distinguió refinadamente a su cultura, el humor, y el humor metafísico incluso. Estos zulús no sienten lo que es la risa, como no sienten lo que es la sensibilidad, como no sienten lo que es un niño, o por qué hay que respetar a un individuo humano. Literalmente están más atrás en el tiempo cultural. Por eso quieren tirar de la humanidad hacia allá. Y los golpes los asestan sobre todo, a nuestra sensibilidad y a nuestra cultura.

Esto explica las decapitaciones, los atentados bestiales, el ataque injustificado. Se trata de un terrorismo no ya moral, sino cultural. Es un terrorismo que ataca a la médula espinal de un desarrollo civilizatorio, el que se generó cuando se establecieron las libertades de pensamiento, de conciencia, el desarrollo sentimental humano, la empatía. La pulsión de avance de la humanidad desarrollada va hacia ese objetivo. Y los ataques terribles de estos grupos apuntan hacia el mismo.

Como en otros fenómenos de bestial violencia –pienso en la violencia en México, por ejemplo- el fin no es matar: el fin es golpear la libertad sensible humana, la delicada libertad mental, es instaurar el pánico que rompe todo el cristalino edificio cultural.  Es muy difícil explicarlo: uno puede morir de mil maneras, pero hay modos de ejecución que matan la libertad. Estos desgraciados los buscan y contra ellos, la mejor arma es precisamente ésa: la libertad.

Por ello, lo mejor que la cultura puede hacer contra esta barbarie es seguir su camino libre, seguir sacando pecho y desarrollando un mundo de delicados desarrollos culturales. Y sobre todo, reírse de ellos. Reírse es vaciar  de todo valor, desafiar, la estrategia del terror. El día en que todos nos riamos de la muerte, desafiando su histriónico  miedo con un escupitajo de nuestra libertad, los terroristas nada tendrán que hacer.

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