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sábado, 5 de mayo de 2012

el arte y el ego

 

 

El ego y la creación artística son dos cosas incompatibles. Éste es un secreto que incluso algunos buenos artistas desconocen. El procedimiento de crear es completamente impersonal, una mediación en la que la fuente de la creatividad se funde con las capacidades del artista y con la materia y el entorno que nos rodea, de modos que no pueden estar instrumentados para el beneficio personal o en nombre de ningún fin particular. Se crea de un modo servicial, disponiendo una libertad que se alcanza cuando el artista humildemente acepta la materia sobre la que trabajar o el motivo en el que moldear las formas que le vienen dadas. Lo que llamamos inspiración, creatividad, genio, es algo regalado, y además, cambiante. El artista no es sino un medio por el que se manifiesta la energía creativa del mundo. Y de un modo radical.

 

Estamos hablando, claro está, de arte consumado, es decir, de obras maestras. Siempre llama la atención, y nos subyuga, de una de esas obras maestras, la capacidad que tiene de encarnar en ella nuestra propia esencia. Esto es sencillamente imposible si el objeto de arte va unido o expresa la identidad de un creador. Para poder servir a todos, el arte debe ser no identitario, no personal. Este gran misterio, del que todavía hay mucho que hablar y que recuperar en la sociedad, hace que las creaciones de los artistas puedan ser compartidas y recreadas, que el artista se vea traspasado por obras de otros artistas, y que todos aprendamos a crear viendo creaciones ajenas, y hasta que cuando se entra en una atmósfera o ambiente creativo, experimente uno una euforia creativa tremenda. El arte quizás sea uno de los territorios donde más claro se ve que el ser humano no es uno, sino colectivo.

 

El arte, como sabía Anandas Coomaraswamy, y como sabían tantos pensadores medievales, es en realidad el más valioso proceso de comunicación: lo que transmite es precisamente el arte de vivir, cómo hacer las cosas bien, la metafísica fundamental de la existencia, aplicada a la materia, los objetos, las herramientas. Y para transmitir eso, que es el legado fundamental, existe un proceso como éste, que pone al hombre a su servicio, que somete a vocación y pasión al individuo que crea y al que recibe lo creado, y que es anónimo, continuado, impersonal, anti-egóico.

 

Paradojas de la vida moderna, nos encontramos hoy en día con artistas ególatras. Creadores que se consideran especiales, seres únicos, distintos al resto, distinguidos por su don. Se trata evidentemente del mayor de los dislates, que ha producido y produce muchísimos dramas. Este gran error cultural es bastante exclusivo de la modernidad occidental. Empieza al final de la edad media, cuando se empieza a rendir culto a las fuentes originales y a los autores y artistas. La religión católica ha tenido su culpa en esto. Este error fue convirtiendo a los artistas en una élite social que poco a poco se apartó y apartó el arte de sus funciones sociales colectivas. Convertir al artista en una élite y al arte en algo reservado a clases elevadas, ha permitido que se piense que la gente puede vivir sin el impulso creativo en ciertas clases sociales bajas, países pobres o condiciones humildes, y en cambio haya capillas y  grupos de expertos artistas o consumidores de arte. Si os fijáis, y sin equivocaros mucho, los artistas son los más clasistas de todos los seres humanos modernos, en muchísimos casos, y los más codiciosos. Muchos cayeron en el error de pensarse dioses, creadores absolutos. Y una cohorte de académicos papanatas, y adoradores, siguieron esa salmodia. Todos los imbéciles necesitan un amo, decía Bernanos.

Simone Weil ya dijo: el pueblo necesita arte como el pan mismo.  Y supo ver que el arte es una tradición unánime, que es algo que debe ser normal en la vida, y al mismo tiempo, anónimo y colectivo. En realidad, firmar una obra, tener un estilo propio, son grandes mentiras. Todos somos universales en el impulso artístico, y ya es una vergüenza convertir ese impulso en un medio de generar carencia y  especulación.

Pero lo más idiota del mundo es ver a los artistas de lo invisible, es decir, a los intelectuales y creadores literarios, y su ínfula ególatra sin medida. Grandes creadores se fueron al garete por su ego, que vampirizó su impulso: pensemos en Dalí, en Cela, hasta el pobre Juan Ramón Jiménez perdió energía por el ego.  Pensad en otras artes y veréis que no es incierto: grandes actores, los artistas del propio cuerpo, se ven convertidos en cómicas marionetas que se autodestruyen, porque caen en el craso error de considerar que ellos son el arte encarnado, al contrario de lo que ocurre realmente en la interpretación teatral, en la que, como sabía el gran actor  Louis Jouvet, el cómico tiene que desencarnarse y desprenderse de su yo para actuar.  Sin embargo realizar un arte lo asocian con ser ellos la fuente de ese arte. Fijáos que lo mismo les pasa a los directores de cine, o a los bailarines: todos ellos ven de cerca su cuerpo convertido en medio artístico, y por estupidez, creen que ellos son el epicentro del fenómeno.

 

Al fin y al cabo, los artistas que trabajan con materia, sea arcilla, sea barro, sea metal, sea pintura o tinturas, tienen la suerte de recibir de la humilde materia la nobleza que los otros pierden con los efluvios mentales: quizás por eso conservan mejor la cabeza y no vemos a tantos pintores, escultores, grabadores, hacer el idiota como a actores, escritores o profesores. Estos últimos tienen un verdadero problema porque el arte de enseñar se les mezcla en la chirola con la construcción de la autoridad académica, y con las pretensiones de ser artista de primera, y todo ello lleva a unas vanidades de lo más ridículas. El ejemplo maestro son los arquitectos: ellos, que trabajan cerca de la materia, se alejan con su ego hacia el mundo de formas, ideas y conceptos, y necesariamente terminan hinchados como globos en su ego. Se hacen sus auto-loas en películas, e imponen su poderío económico cuando lo tienen de manera que tenemos que tragarnos sus dislates de edificios aunque no queramos.

Siempre he pensado lo lastimoso que resulta el artista ególatra: es alguien muy desorientado. Dañino para sí mismo y para los demás, ojalá que pronto la gente sepa entender que el arte es de todos y para todos, que es algo formado en el conjunto, y que su función fundamental es normal, como decía Coomaraswamy.

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HACER ALGO CON LAS MANOS Blog de creación y comunicación de Eva Aladro Vico