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TEORÍA DEL ÓBOLO

Epícteto el maravilloso primer psicólogo cognitivo de la historia afirmaba de Sócrates que una vez en un mercado le ofrecían comprar alguna cosa, que había rechazado, y preguntado si no sentía la falta de aquella cosa que se le ofrecía apetitosamente Sócrates respondía que no, que se sentía saciado con su óbolo en el bolsillo. Y cuando reflexionaba sobre aquella escena, Epícteto comentaba que siempre que conservemos el óbolo en el bolsillo, por no haber dispendiado, gastado o consumido algo, somos infinitamente más ricos, aunque solamente tengamos esa pequeña moneda griega.Resultado de imagen de epicteto



Nuca me olvido de esta anécdota que Epícteto, el filósofo estoico, narraba de Sócrates, que fue motivo de muchas inspiraciones para las maravillosas actitudes y opiniones de esta escuela única en la Antigüedad, que se dejaba llevar por la máxima "Ducunt volentes fata, nolentes trahunt" ( A los que se dejan llevar, la Fortuna los transporta, pero a los que no se dejan, los arrastra". 


El asunto le da a Epícteto, y a la escuela estoica, para reflexionar en profundidad. Porque efectivamente las cuestiones de riqueza o pobreza no son tan simples como hoy nos engaña la sociedad en la que vivimos, donde las imaginaciones y los anhelos generados por ellas nos arrastran como la Fortuna a los caprichosos. Y es que todos tenemos un óbolo de fortuna en nuestro bolsillo, cada vez que decidimos no satisfacer un deseo imperioso y conservar aquello que damos a cambio de él sin darnos cuenta. Lo que damos a cambio de la satisfacción de un deseo es muchísimo. Es todo un tesoro. Es el óbolo en el que se cifra una inmensa riqueza: la riqueza de estar vivo, de ser, de tener consciencia de ser en el presente. Eso es lo que transportamos a manos de otro cuando lo olvidamos por un acto de consumo.

Ahora que llegan fiestas en las que se desparrama el dinero y los regalos, y cada vez que en situaciones de hastío y de falta de ánimo se abusa de las fantasía de la imaginación anhelante y de los deseos desaforados convertidos en universos completos, podemos aplicar la teoría del óbolo y recordar que no tener nada y no desear nada, es la mayor de las riquezas. La única riqueza posible. La riqueza no es sino la falta de necesidad. Y quien descubre que no necesita una cosa que desea lo hace porque es opulento, es decir, porque tiene suficiente de todo como para poder pasar sin aquello que deseaba o que le ofrecían. No hay mayor opulencia, mayor fortuna, que vivir disfrutando de lo que ya se tiene: la vida, la salud para vivir el presente, el amor recibido, el amor entregado. Las maravillas del instante en que se es. La magia alucinante de lo que ya es nuestro. Y el remolino inmenso del cuerno de la abundancia en el que cada vacío que nos rodea está en realidad produciendo riqueza, generando nuevas cosas. Pero para sentir todo esto, hay que hacerle un hueco: hay que tener un bolsillo vacío. Es decir, hay que aceptar no tener más, no ampliar nuestras posesiones. Y en esa sombra, en ese hueco vacío, brilla el óbolo de la inmensa sorpresa que se genera en cada instante de la vida, en forma de regalo inesperado.
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Los místicos, los ascetas, saben bien de lo que hablamos. El vacío y la nada son la cuna del universo, son el crisol o el hondón de donde mana la inmensa fortuna del mundo. Pero es imposible sentirlos a partir de la búsqueda incesante de mayores cosas o riquezas, y menos aún, a partir del hambre eterna, del anhelo sin fin, de los deseos infinitos, que engañan al individuo. Los estoicos lo sabían bien: de nuestro deseo proviene nuestro hastío, nuestra vacuidad, nuestra pobreza. Cuanto más poseemos, más perdemos. No hay mayor desgracia que satisfacer una por una de nuestras ansiedades memas notando con horror que nada hay tras de ellas, que el vacío infinito borra la escritura del corazón consumado en sus deseos. Y en cambio, no hay paladar como el de quien se abstiene, ni solvencia como la del que no necesita, ni seguridad, ni fasto, como el de quien guarda su moneda en el bolsillo, inmensamente rodeado de pobreza, de conformidad, de humildad, y al mismo tiempo, atesorando las escrituras del universo.


SINCRONICIDAD COMO TRASCENDENCIA


Resultado de imagen de sincronicidadLa sincronicidad es un concepto muy presente en los términos actuales de las teorías cuántica, literaria, creativa o psicológica. La idea esencial es la junguiana (Jung, Carl Gustav (2004), Sincronicidad como principio de conexiones acausales (ed or. 1952).  Las definiciones que nos dejó Jung giran en torno al significado como un principio de ordenación de las distintas esferas de lo real: un fenómeno de sincronicidad es una coincidencia significativa, en forma de casualidad asombrosa, pero también, por ejemplo, es una proyección que una mente obsesionada o con una enfermedad puede generar en la realidad objetiva generando una resonancia en forma de aparición de algo, de encuentro, con cosas que semejan o traducen ese fondo mental del sujeto. Son sincronicidades todos los fenómenos en que la explicación que nos damos es demasiado rara, tiene un exceso de carga semántica, y a menudo, las calificamos de asombrosas, sorprendentes, rítmicas...Jung en realidad estaba interesado y motivó sus reflexiones, no solamente en su experiencia como psicólogo de los arquetipos de la mente, sino por las coincidencias que sus ideas mostraron con los principios que la física cuántica estaba desvelando en aquel momento. Así, muchas de las ideas de sincronicidad de Jung las inspira la cuántica que trabaja Wolfgang Pauli entre otros científicos, según la cual existe una directa influencia del observador sobre los fenómenos observados.




En la teoría cuántica el universo es un constante flujo de interacciones cuyas sincronicidades, es decir, cuyas resonancias, determinan la realidad. Cuando presenciamos una sincronicidad, es decir, una interacción entre hechos de dimensiones o espacios alejados y no conectados, estamos asistiendo a la influencia del orden implicado en la naturaleza y el universo que nos rodea, según el cual todos los elementos que estamos presentes en un momento dado en un espacio interactuamos para su determinación, en un espacio/tiempo, pero fuera del cual todo es indeterminado y está en un estado de superposición de todas las posibilidades. Estas ideas tan impactantes llevaron a Jung a aislar los fenómenos de sincronicidad como casos en los que se hacía muy evidente, muy notoria, la interacción de las partes del universo hasta constituir señales indiscutibles. 

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A partir de Jung, en medios como la psicología de la creatividad, la literatura, el estudio de la imaginación creadora, y de los físicos cuánticos pioneros en ámbitos de la ciencia aplicada y la física teórica, la sincronicidad se convierte en un fenómeno de interés. Sus ondas de expansión como concepto nos llevan a generalizaciones como las que interesaron a los surrealistas, o a las utilizaciones del concepto por los pensadores más espiritualistas de la cuántica, como Sheldrake: los fenómenos de asombrosas resonancias que se producen entre especies, en el universo subatómico, o en las coincidencias culturales, tienen todos en común ese aumento de la significación que los hace esenciales en el universo humano, porque nos indica una dirección hacia donde orientar nuestras investigaciones y reflexiones en todas las artes.

El concepto de sincronicidad no para de crecer. Desde el punto de vista de las reflexiones cuánticas, está llevando a pensar como digo en que la superación de las dimensiones espacio-temporales puede leerse como una gigantesca sincronicidad, que podría entenderse todo cuanto ocurre simplemente como un despliegue en el tiempo de una serie de coincidencias que nos hablan de un unico suceso (Big Bang, Supercuerda o como se le quiera llamar) cuyo significado no es posible mensurar hasta que dicho depsliegue en tiempo y espacio no termine. En literatura no es nueva la idea, y la creación literaria juega, como esa memoria más allá del tiempo que gustaba a Lewis Carroll, con su capacidad de generar rítmicas armonías de conjunto en los elementos narrativos, o poéticos. En las teorías sobre creatividad la abolición del tiempo y el espacio, y de la consciencia inserta en un individuo concreto y en un contexto tal, es el fundamento para que el flujo creativo se desencadene y despliegue aquello que, visto desde un punto de vista inaccesible, no es sino un mismo nodo de significaciones armoniosas que adquieren distintas formas en estas dimensiones de existencia.

La última teoría, relacionada con ese valor de la cultura en términos de despliegue y desarrollo de la sincronicidad absoluta, la extraigo nuevamente de Joseph Campbell, quien, en sus escritos sobre los mitos, la creación y las formas más elevadas de acción humana, planteaba como elementos clave para entender todos esos procesos, su relación con la abolición de las dimensiones espaciales y temporales, y la conservación, en otra dimensión de relación, del significado como eje de contacto, o huella, de un proceso general de substanciación más allá de esas dimensiones. Las coincidencias significativas que se aprecian en el arte y los mitos de todos los tiempos y culturas, la conexión siempre constante que desarrolla sus formas y estilos en todas las creaciones humana, no es sino una relación de sincronicidad, que debe llevarnos a buscar más allá de esas circunstancias incomprensibles, hacia la analogía fundamental que funde todo con todo en un proceso inconmensurable para nosotros.                                                                               

Campbell usó como eje esencial para articular con ayuda sus ideas en este sentido la filosofía mística de la religión hindú tradicional. En ella es donde encontramos visiones aproximadas a esta idea de dinamitar las dimensiones de la existencia en espacio y tiempo para descubrir detrás de ellas la construcción de la realidad como algo único, de un único ser, cuyo despliegue genera esas sincronicidades y rimas en las formas armoniosas de equilibrio y contrapunto que son los innumerables seres de este mundo. Más allá del ser en general de las formas terrestres, encontramos, tras la nada, un principio conector que se trasparenta en diferentes armonías aquí pero que en realidad no puede formularse en su total composición. Parecido al simbolismo de la cruz universal de Réné Guénon, ese principio de vinculación total de todo con todo seguiría una armonía interna en la que los ejes comprenderían también todas las privaciones o negaciones en esas dimensiones naturales.

La sincronicidad, por tanto, es un concepto que se está acercando a la dimensión metafísica, y por otra parte, está enraizado en la vertiente más aferrada a la tierra y más directamente creativa y formativa que pueda existir. Ello hace que como idea motriz sea tan esencial. Podemos pensar, para aportar nuestro grano de arena a esta cadena de reflexiones de gigantes de la reflexión humana, que cuanto experimentamos de más valioso, más puro y más fino en nuestra vida, son efectivamente esas rimas vitales, esas coincidencias significativas que nos acercan a nuestro destino en la vida, que marcan sus momentos clave o que ordenan verdaderamente cuanto ocurre.

Nuestra esencia más valiosa es crear sincrónicamente, encontrar la armonía en cualquier sector, deshaciéndonos de la falta de significado, y buscar éste incansablemente. Sentimos, escribimos, bailamos o pensamos buscando la sincronicidad, y también amamos en un esfuerzo de asombrosa coincidencia que genera pura vida a partir de ella. Toda la orientación de nuestra alma va en buscar sincronías entre seres diversos, en saber e intentar demostrar la analogía y la conexión profunda con todos los que nos rodean, en dimensiones dispersas de la existencia. Buscarmos la sincronicidad eternamente con el corazón y con la mente, y la logramos a veces al emprender acciones y dar forma con las manos a más perfectas obras o realidades.Quizás finalmente sea ése nuestro destino: abolir completamente las barreras de la existencia temporal e ir a sumarse, como otra resonancia semántica más, a un único significado común, que emana constantes analogías de sí mismo, en un único y asombroso acto sincrónico. Si es así, esto explicaría que en nuestro nervio más profundo, en el tuétano de nuestro ser, hallemos siempre esa pulsión hacia lo igual, y esa asombrosa coincidencia con los demás, que nos deja tan absortos.

LOS TÍMIDOS

El mundo está plagado de tímidos. Abundantes en enormes cantidades, moviendo el universo con su fe en la capacidad de los demás y su intensa devoción al esfuerzo de igualarlos, los tímidos hacen girar la Tierra. Silenciosamente trabajan y consiguen enormes proezas, brillan como diamantes pero se esconden de la mirada ajena, y su virtud y capacidad implica siempre, conlleva siempre, la modestia. No podía ser de otra manera. Ser realmente bueno significa también tener una tímida excelencia.

Los tímidos renuncian al fulgor del éxito que se vende y aplasta a todos los que lo rodean. No llaman la atención y por ello prosperan en la dócil permanencia que consigue las mejores cosas, que capta las mejores ideas. Pero todo ello ocurre fuera del ruido furioso de la fama, de la lucha mortal por el éxito, de la guerra avarienta. Heredar la tierra es cosa de mansos. Pero el traspaso se hace siempre tímidamente, en la intimidad de la más honda consciencia.

Los tímidos no generan aclamaciones ni buscan los reconocimientos que mueven e inquietan al espíritu. No hacen el ruido que los ganadores y los osados crean y que esconde tanta incompetencia. Los tímidos crecen, y en crecer está también la dedicación intensa a lo que realmente es valioso en la vida, la misma existencia que requiere una sencillez de impulso, una blandura en el alma. No pueden dedicarse a otra cosa ni su pulso está llamado a blandir valor alguno en ninguna competencia. Los tímidos nacen con una bonhomía, cultivan una educación, que los reserva.

 La timidez es una bendición. Es la bendición de los que siempre piensan mejor de los demás, y por ello, siempre progresan. Es la bendición de los que dejan el sitio a los demás, y por ello, atraen la riqueza. Es la bendición de los desconocidos que saborean la vida en su estado puro, sin intermediarios, sin comedias. La de los ignorados que son libres, la de los esforzados que se hacen verdaderamente sabios, la de los que hablan bajo, o no son escuchados, porque albergan el clamor que suena más allá de los sueños en que viven sin enterarse de nada, los que se proponen, o trepan, o descaradamente se llevan todo y ganan todo y en realidad todo lo están perdiendo en cuanto lo consiguen de estas maneras.

Ser tímido es tener una pureza que se convierte ella sola en dureza de espíritu con el tiempo, en energía y fortaleza con el curtirse en experiencias. La timidez se trasmuta en belleza con los años, porque permite moldear y hornear  una personalidad de dentro hacia afuera, y no a la inversa. Tener timidez es una garantía de aprendizaje, de educación, de tolerancia y de modestia. Poco a poco los tímidos imperan en la vida, con su trabajo humilde sobre sí mismos y porque su forma de ser les acerca, al sutil entramado de la fabulosa fortuna de este universo, que debe quedar en manos que la protejan.

Juego de Opuestos

La estructura crucial de nuestra existencia parece encadenada a un constante ir y venir entre dos elementos opuestos: vida y muerte, placer  y dolor, calor y frío, posesion y deseo, salud y enfermedad. En un nivel  básico  de existencia, verse atenazado  por el irremediable vaivén  de los opuestos significa anularse  en ellos  como en el entrechocarse de las rocas. Nada  hay más vacío que perseguir sin fin el polo positivo de estos pares,  y el sabor a nihilismo recubre todas las luchas humanas por nuestros deseos y anhelos.
Hay sin embargo  un nivel de existencia libre donde es  posible  trascender los opuestos. Las filosofías  y sabidurias de los pueblos antiguos concibieron ya el armónico juego de los opuestos  como modo de  subir de la caverna esclava de la irrealidad y llegar  a la libertad vital que nos hace felices.  Los fragmentos  de Heraclito  y las ruedas del yingyang  nos demuestran cómo podemos  vincular dos polos de experiencia fundiendolos para que  se potencien. La mecánica de muchas  artes y saberes se basa en aunar opuestos a modo de palancas para
acelerar y desencadenar el fluir  libre de la energia raiz de la vida mas sencilla
.
El yoga, la filosofía  socråtica, los estudios sobre creatividad, el pensamiento estoico o el hegeliano, casi todas  las aportaciones al progreso humano han venido a descubrir la llave del juego de polos opuestos para liberarnos de ellos y avanzar libremente. El ascetismo de todas las misticas, y hasta  el rigor de ciertas guerras y violencias, tienen como sentido último la trascendencia  de una vida esclavizada por su propio pulso y perdida en sus efectos sobre nuestro corazón y nuestro cuerpo.
Hay todavia más detrás de la superacion del polo al que tendemos. Cuando conseguimos no ya jugar con los opuestos polares, sino liberarnos de su nivel de acción vital, ascendiendo sobre ellos, llegamos a un nivel superior de disfrute y experiencia humana.
Asi lo ilustran las pirámides  y triángulos  y los símbolos de ascenso que encontramos en muchas culturas refinadas. Es posible hallar bajo un polo no ya su opuesto enriquecedor, sino el absoluto no polar, aquella dimension donde cuanto nos impulsa está completamente desarrollado y  consumado sin fin.
No es ya el mismo juego de opuestos que genera  la belleza y armonía  del universo, sino algo mejor. Es un desvío  más  allá  de  la tensión  hacia  el ascenso. Un  nivel mas completo de realidad donde están consumadas las aspiraciones e ideales, pero no las creadas por nuestros corazones sino las halladas y compartidas por nuestro espíritu. El lugar donde mas allá  de inspirar y expirar podemos vivir del aire que retenemos, de la detencion oxigenada que es el verdadero pulmón del universo.

Juego de Opuestos

La estructura crucial de nuestra existencia parece encadenada a un constante ir y venir entre dos elementos opuestos: vida y muerte, placer  y dolor, calor y frío, posesion y deseo, salud y enfermedad. En un nivel  básico  de existencia, verse atenazado  por el irremediable vaivén  de los opuestos significa anularse  en ellos  como en el entrechocarse de las rocas. Nada  hay más vacío que perseguir sin fin el polo positivo de estos pares,  y el sabor a nihilismo recubre todas las luchas humanas por nuestros deseos y anhelos.
Hay sin embargo  un nivel de existencia libre donde es  posible  trascender los opuestos. Las filosofías  y sabidurias de los pueblos antiguos concibieron ya el armónico juego de los opuestos  como modo de  subir de la caverna esclava de la irrealidad y llegar  a la libertad vital que nos hace felices.  Los fragmentos  de Heraclito  y las ruedas del yingyang  nos demuestran cómo podemos  vincular dos polos de experiencia fundiendolos para que  se potencien. La mecánica de muchas  artes y saberes se basa en aunar opuestos a modo de palancas para
acelerar y desencadenar el fluir  libre de la energia raiz de la vida mas sencilla
.
El yoga, la filosofía  socråtica, los estudios sobre creatividad, el pensamiento estoico o el hegeliano, casi todas  las aportaciones al progreso humano han venido a descubrir la llave del juego de polos opuestos para liberarnos de ellos y avanzar libremente. El ascetismo de todas las misticas, y hasta  el rigor de ciertas guerras y violencias, tienen como sentido último la trascendencia  de una vida esclavizada por su propio pulso y perdida en sus efectos sobre nuestro corazón y nuestro cuerpo.
Hay todavia más detrás de la superacion del polo al que tendemos. Cuando conseguimos no ya jugar con los opuestos polares, sino liberarnos de su nivel de acción vital, ascendiendo sobre ellos, llegamos a un nivel superior de disfrute y experiencia humana.
Asi lo ilustran las pirámides  y triángulos  y los símbolos de ascenso que encontramos en muchas culturas refinadas. Es posible hallar bajo un polo no ya su opuesto enriquecedor, sino el absoluto no polar, aquella dimension donde cuanto nos impulsa está completamente desarrollado y  consumado sin fin.
No es ya el mismo juego de opuestos que genera  la belleza y armonía  del universo, sino algo mejor. Es un desvío  más  allá  de  la tensión  hacia  el ascenso. Un  nivel mas completo de realidad donde están consumadas las aspiraciones e ideales, pero no las creadas por nuestros corazones sino las halladas y compartidas por nuestro espíritu. El lugar donde mas allá  de inspirar y expirar podemos vivir del aire que retenemos, de la detencion oxigenada que es el verdadero pulmon del universo.

La caja maravillosa

La caja maravillosa
que cada día se abre
dejando escapar una de sus sorpresas,

es tuya, ábrela
no la cierres al viajar con el corazón
lejos de ella,
es la caja mientras puedas abrirla
es el inmenso tesoro mientras eres;

inmensamente llena de esplendores
que desconoces y tienes guardados
en tu cuarto, en tu cofre
cada vez que decides abrirlos
tomas posesión de la vida,

cada vez que decides ser afortunado.

Balance comparativo anual

¿Hay mayor fortuna
que esta fusión de verde naranja y fresas
que está luz de ducha
y el frescor que visto?


¿mas riqueza que este bolsillo roto
por donde nada el tiempo mar adentro
libertad, a  brazadas de agua fresca?


¿hay mayor opulencia
que el golpe de dejar
esclavitud y plomo
con el simple gesto
de cesar?


Por donde entra el deseo
sale el tesoro de existir,
por donde se mueve el alma del mundo
no debe inquietarse quien es su dueño.

En la sombra del corazon confuso
debes mirar ese raudal de oro
que se escapa
 .


ES


A menudo basta observar algún sencillo acto de nuestra existencia para comprobar la gracia infinita con la que todo es. Para esto, es necesario sentir primeramente que ese acto sencillo, que puede ser una elección, la renuncia a otros actos, o aceptar algo que se presenta directamente ante nuestros ojos a menudo inatentos, existen y han sido ya. Cualquier cosa que hagamos tiene un aspecto opcional: puede ser aceptada y disfrutada, saboreada, como dirían los sufíes, o puede ser simplemente transportada por nosotros a un futuro en la imaginación o en la ansiedad. 

Cuando vemos que todo es opcional, sentimos una especie de pregunta en el alma: eso ocurrido, eso realizado o sentido, ¿nos parece bien para nosotros? ¿es lo que querríamos en el fondo? Si nos ha necesitado o requerido alguna parte de nuestra energía en su empleo, ¿sentimos que está bien empleada o invertido ese tiempo en esa cosa o acción?. Podríamos haber dispuesto de más medios, o estar absolutamente en otra parte. Podríamos no haber hecho eso que vemos. Y sin embargo, si nos damos cuenta, en ese imperceptible instante ocurrido en el presente absoluto, que todo eso puede responderse afirmativamente, entonces elegimos que lo que ocurre haya ocurrido, y empieza el inmenso disfrute de la existencia en una nueva dimensión: aquella en la que todo ES.

Cada instante en que algo perfectamente completo, que existe, nos llega y es aceptado por nuestro corazón, se abre un mundo de nuevas posibilidades. Aceptado ese baile con lo real en el que hemos participado, con una plena alegría de nuestro espíritu, empiezan a surgir nuevas propuestas. Cuando hemos aceptado lo que es, podemos rechazar lo que no es. Podemos dirigir la existencia hacia aquello que de verdad importa. En gran medida, renunciaremos a múltples caprichos, temores o amiciones generadas en el universo de lo que no es. Y veremos sin embargo que la realidad se abre, moldeable. Nos ofrece maneras de volver a interactuar con ella. Nos presenta nuevas cosas sencillas a nuestros pies, para ser aceptadas y maravillarse con ellas. Nos rescata de los sentimiendos de ambición, ansiedad, culpa o miedo en los que la constante proyección al futuro nos lleva en nuestra vida imaginaria. 

Cuando vivimos aceptando esas pocas preguntas o propuestas que a diario llegan, en las que se nos pregunta si querríamos estar en otro sitio, o hacer las cosas de diferente manera, si soñamos con abandonar nuestro trabajo o nuestro esfuerzo para hacer lucir la vida, y resolvemos que no deseamos dejar de hacer todo cuanto hacemos, ni por el mayor sueño o deseo que podamos concebir, entonces la vida tranquila y simple se tiñe de personalidad y carácter, cobra verdadera esencia, y en ella es posible dotar de acento a nuestro trabajo, dar fuerza a nuestras obras o sentir la enorme riqueza de existir.

Recuerdo cuando los estoicos decían, para rechazar el terror a ser ahogado, que no temían al inmenso mar océano, porque en realidad, con tres litros de agua dulce bien administrados bastarían para ahogar a un hombre. Todas las medidas que nos han sido dadas sirven para determinar el alcance de nuestra conciencia y son la llave de nuestros paraísos. El ser humano, aunque infinito en su imaginación, es discreto en su capacidad de saborear, de sentirse pleno, de ser feliz. Sus limitaciones están a la vista. Sin embargo, nunca nos damos cuenta de que ellas determinan lo que cada uno es. Pero al mismo tiempo, ellas nos liberan de todo lo que no puede ser, y de todo lo que nos atenaza y desequilibra. Porque lo sorprendente, lo alucinante de todo esto, es que cada cosa que ES es infinita en su esencia y al conformarnos con ella accedemos al verdadero paraíso inacabable de la armonía de las medidas, al infinito absoluto que escapa mediante la concreción.

Puesto que lo más fastuoso, rico y exuberante del universo nunca podrá competir con la saciedad adaptada a la sed propia que ha sido dosificada y ordenada por una persona. Nunca habrá un esplendor como el del trabajo hecho mediante una conformidad modesta. Ni un horizonte más inmenso que el que se abre ante una voluntad liberada de su propia esclavitud, ni mayor goce que el que da una flor que es vista con los ojos que la ven con los ojos de un niño o de un renacido. No habrá expansión mayor que la que genera el placer que sabe la medida armónica de las cosas que generan deficiencia y saciedad, oscuridad y luz, sueño y existencia.  Como si hubiéramos pulsado la llave maestra del destino, se abren y afloran las gracias insondables de todas las coincidencias, de todas las sincronías, y el destino comienza a ser un rumbo. Y cuando abrimos los ojos y se abren con ellos los enormes ventanales de la existencia virgen, sentimos que determinamos el mundo, que vamos retrocediendo en el tiempo por fin para recuperar todo cuanto se perdió o marchó, sentimos que nos acercamos a nosotros mismos, que nos poseemos gracias a toda nuestra inmensa limitación y que podemos poseer al fin todo cuanto ES.

CULTURA



Con la edad uno va aprendiendo a refinar lo que constituyen verdades y lo que no es sino vaguedad, ideas infatuadas y vacías o confusiones en los conceptos. Y uno de los conceptos sometidos a las más terribles deformaciones es el concepto de cultura.

Como decía Gustavo Bueno recientemente la cultura se convirtió en un concepto tan amplio y general que se aplicaba a todo, pasando a ser una basura conceptual. En parte por la ignorancia generalizada, en parte por la pedantería de antropólogos o sociólogos y por supuesto por la manipulación política, cultura viene siendo cualquier cosa específica. Cualquier gesto, signo u objeto se considera culto. Un asesinato es un fenómeno cultural. Un garabato horrendo de un artista es un impacto cultural. Hay culturas de consumo, de guerra, culturas sexuales, culturas de la incultura. Es decir, la idea de cultura está completamente relativizada y vaciada de contenido. Se ha quedado al servicio de cualquier manejo político, de cualquier ideología interesada. Y en su nombre se cometen los peores crímenes contra animales, naturaleza, seres vivos de todo tipo. Se ha convertido en Bien Cultural un asesinato, y en nombre de una Cultura se emprenden guerras terroristas o temibles torturas.

ES evidente que la cultura auténtica no puede haberse convertido en una idea tan nimia e insignificante como para disfrazar la crueldad o para justificar el poder y la violencia. Ni menos aún para dar importancia a lo estúpido o para especular en el mercado de lo indefinido.

Pero ¿qué es una cultura en realidad? Spengler decía que una cultura es la energía morfogenética religiosa, es decir, la energía que en la relación con la tierra y el espíritu que nos rodea genera formas. Es probablemente la definición más profunda de cultura. Como fenómeno orgánico y vivo, una cultura hereda de su relación con la tierra y la naturaleza su carácter vivo, evoluciona. Y por ello, puede refinarse, desarrollarse, y decaer o morir.

No se ha desarrollado más esta idea de Spengler como debería hacerse. Quien más lejos llegó fue Campbell al mostrar que las verdaderas culturas son sincréticas y adoptan, refinan y pulen sus herencias previas de formas generando el estilo. Y señaló claramente dos ejemplos, la cultura egipcia y la cultura griega. Y con toda sinceridad, afirmaba que la civilización romana o la hebrea no refinaron ni desarrollaron herencia cultural alguna, limitándose a cercenar y mutilar las anteriores que habían confluido con ellas.

En los dos casos, el griego y el egipcio, tenemos dos fenómenos culturales propiamente dichos: Si entendemos por cultura aquello que cultiva las formas recibidas hasta consumarlas, claro. No las simples expresiones humanas. Hoy en día se considera cualquier indicio humano como hecho cultural. Y eso nos lleva a vaciar de moral, de principios éticos, las culturas. 

La cultura griega heredó las formas expresivas, el arte y las manifestaciones espirituales de Oriente Medio, de las civilizaciones sirias y asirias, de Mesopotamia y de Persia. Con ellas, y con las formas llegadas de Egipto y el sur del Mediterráneo, sintetizó en desarrollo paulatino una fabulosa constelación cultural que en su consumarse fue depurando las formas hasta llegar a la rotundidad cultural más rica que ha dado la humanidad, probablemente. Por su versatilidad y variedad de expresiones en campos distintos, de la ciencia al arte y de la religión a la agricultura, y sobre todo, como indica Campbell, por su apertura a las formas culturales externas que sincretizó en su modo de vivir. Junto con la primera cultura islámica, y junto con la cultura hindú, estas tres culturas fueron capaces de absorber las formas espirituales en derredor suyo fusionando y desarrollando sus estilos hasta alcanzar mayor depuración artística que en ningún otro lugar del mundo. 

El Islam en sus primeros siglos tiene la altísima calidad cultural de la que estamos hablando: fue capaz de abrirse a las formas griegas y hebreas, a las aportaciones del Mediterráneo, y de conjugar con ellas una sintesis cultural que encontramos por ejemplo en la obra de Ibn Arabí de Murcia, del siglo XIII, prodigio literario de enorme color y belleza, que muestra el estilo sufí de religiosidad abierta y refinada a la vez que cosmopolita y ricamente creativa. Es la misma cultura que generó los cuentos derviches o los cuentos de Las Mil y Una Noches. La misma que, sublimándose, en las formas paisajísticas y arquitectónicas produjo Granada o Córdoba y en las formas agrarias el regadío murciano. 

Esta cultura no pudo llegar a ese nivel de desarrollo sin haber sido inseminada por las culturas previas a las que abrió su inteligencia social. Como le ocurrió a la cultura griega, igualmente. Cuando los griegos, como estudia Campbell, integran formas de divinidades dispares en un santuario múltiple en el que los dioses son la expresión de la gracia formativa en este mundo, no les importó si esas divinidades procedían de mitos, cultos o epopeyas de una u otra parte del Mediterráneo, siempre que trajeran consigo energía morfogenética religadora, siempre que pudieran a los hombres y mujeres en relación con el entorno o con la consciencia del universo. 

Si cultura es el producto de esas sublimaciones y solamente debemos entender por culto aquel individuo o grupo que, recibiendo una herencia cultural, la desarrolla y refina generando una planta, una floración de formas depuradas en su belleza y plenitud, entonces vemos muy muy reducida la lista de las culturas humanas, y mucho más pequeña aún la lista de los artefactos culturales humanos.

Porque lo que hoy se entiende, considera y estudia como culto a menudo es chusco. ES burda imitación. Es un regurgito orgánico sin más. Muchas culturas son simples huellas orgánicas. Y en muchos sitios la cultura ha muerto, desgraciadamente. Probablemente el modo de vida del norteamericano medio sea el ejemplo más palmario de incultura y barbarie en el que miles y miles de individuos comen, beben, defecan, se reproducen, sin ningún tipo de crecimiento cultural. Ahí no hay herencia recibida ni desarrollo, ni fineza perceptiva ni conexión con el cosmos. No digamos en la cultura involucionada y muerta por estrangulamiento de los grupos islámicos extremos. NO queda ni rastro de la planta generada por los sufíes: cualquier parecido con los antecesores es pura coincidencia, porque esos grupos han matado su impulso de rica imaginación cosmopolita, de rica hibridación con las culturas hermanas, generando una supuesta cultura a partir de la idolatría mostruosa a unos instintos de caza convertidos en religión. 

Cuando una cultura está viva conserva la capacidad de hibridación y de síntesis creativa. Es lo que le ocurrió a la cultura griega cuando, en contacto con las formas del naciente cristianismo, sintetizó una religión nueva que tiene muchísimo del viejo culto mistérico y que en una fecunda genialidad supo absorber las formas cristianas generando la tierna fe ortodoxa que ha llegado viva hasta nuestros días, y que manifestó su capacidad y utilidad en la resistencia de los griegos a las diferentes ocupaciones turcas durante siglos y siglos. La misma cultura sigue viva hoy en día, y su prueba más clara está en cómo los griegos han acogido a los sirios y la blandura y capacidad de adaptación que han demostrado ante las circunstancias de ese éxodo. Los que han llegado de los pueblos de Oriente Medio hasta Atenas pisan una tierra capaz todavía de aceptar compasivamente al otro, y de generar con él dioses comunes.

¿Qué dioses comunes puede generar hoy USA en contacto con ningun pueblo? ¿    Cuál es el producto, el indicio, del refinamiento de la cultura islámica extremista hoy? Si aceptamos la idea de cultura que aquí estamos indicando, eso no son culturas: son pueblos bárbaros, gentes invasoras que no pueden acceder a la cultura. Son cazadores y guerreros que se oponen a los cultivadores y pastores que son los que generaron las formas culturales.Así de drástica es la realidad. Solamente debemos considerar culto al que cultiva: al que teje la paz por encima de los instintos, al que cambia la oposición frontal por la síntesis creativa, al que se abre a otras culturas y las entiende. Al que convive con sus animales y sus semillas.

Si deseamos poner algun siglo de éstos una verdadera barrera entre lo que es educar y ser culto y lo que es un disfraz para la barbarie, o para la estulticia, debemos limpiar el concepto de cultura de toda esa basura conceptual en la que se le ha ido envolviendo.

HACER ALGO CON LAS MANOS Blog de creación y comunicación de Eva Aladro Vico