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domingo, 7 de junio de 2015

DESPEDIDA DE LAS ESCUELAS AGUIRRE

Mi familia ha pasado unos doce años yendo y viniendo a este pequeño colegio al lado del Parque del Retiro, dotado de un huerto que cuidaba hasta este año un buen profesor llamado Pepe, entre los muchos excelentes maestros que, más mayores o más jóvenes, atesora y atesoró este cole público (Consuelo, Begoña, Beatriz, Jóse, Ana, Alberto y Julia, etc etc etc). Nosotros siempre hemos creído que el tesoro inexplicablemente conservado de la cultura de este país está en esos joyeros que son los colegios públicos, los institutos y las universidades públicas, donde un Dámaso, un Machado, un Gerardo Diego, un Cajal han endulzado con su pensamiento y su lengua las duras rigideces del conocimiento oficial. De los colegios públicos han salido los genios de nuestro país, y a ellos han entrado los de otros también, como cuando a la Residencia de estudiantes y al Ramiro de Maeztu venía ni más ni menos que Einstein o Heisenberg, Madame Curie o Stravinsky, a dar unas clasecillas.

Las Escuelas Aguirre son herederas directas de ese milagro cultural, porque los colegios públicos, por cómo se accede a sus plazas docentes, por la vigilancia de sus dimensiones, por su filosofía, conservan y pueden todavía educar verdaderamente a los niños. Darles una tranquila educación sencilla, en la que se aprende sobre todo sensibilidad humana, y donde los niños se hacen amigos de su colegio y de los libros que allí están. La finalidad de un colegio no es, en absoluto, crear líderes de futuro ni meter a los niños en la carrera estúpida por el poder y la ambición. Ese espíritu está aún  fuera de los proyectos educativos de los colegios públicos españoles, afortunadamente. Y en las Escuelas Aguirre, yo he presenciado y comprobado una educación dulce, amiga del saber sin estridencias, que pule poco a poco la capacidad de los niños, enseñándoles cierto orden y cierta disciplina pero sobre todo sin alterar la vida en maduración, la mente en intensa incubación de un niño, que necesita experiencias de felicidad a raudales.

Me ha gustado muchísimo, en general, el trabajo de los maestros de este colegio en este sentido. Son en su enorme mayoría gente buena, con capacidad de sacrificio, con clara vocación y muchos de ellos con capacidades especiales para saber cambiar el curso de un mal episodio en el carácter de un chico, o para recuperar las todavía vacilantes capacidades de otro, que en otros centros se hubieran perdido irremisiblemente en los niños. En este colegio no se da un niño por perdido. Se lleva a las promociones con equilibrio máximo, a su desarrollo. Y se trabaja con una limpieza y una honestidad que llama la atención, enseñando a los niños la nobleza de comportamiento por encima de todo.

En estos maestros puede uno confiar, creo que es lo mejor que se puede decir de un profesor. Es una confianza como familiar, pero al mismo tiempo es profesional, porque sabemos, los padres de las Escuelas Aguirre, que hay un interés y una preocupación por los niños que es auténtica y no forzada, no negociable, y he comprobado muchas situaciones donde he visto a prueba a los profesores en este sentido. Si se mantuviera la línea de calidad y tranquilidad que imprimen a la educación los profesores de colegio, otro gallo nos cantaría en el nivel de éxito del país. Pero existen otros factores que influyen, como todos sabemos, en la conformación del niño, y uno muy importante es su familia y su entorno. Difícilmente puede un centro cambiar formas de entender la vida, direcciones de carácter y ansias de poder que vienen impresas en los niños por sus padres. No obstante, se intenta, y cuando veo un niño que, a pesar de la incorrecta influencia paterna que trae, demuestra haber aprendido a ser cariñoso y educado, y recuerda que debe tener buen carácter y ser simpático, compruebo que la educación en el colegio sí ha dejado huella.

Este texto es un agradecimiento por todos esos años de colegio que hemos compartido con los profesores y con todas las Escuelas Aguirre. En su conjunto es un sitio memorable, por el buen ambiente que hay en sus clases, por su resistencia a la frustración, por su dedicación y sobre todo su suavidad y dulzura de trato. Los niños lo saben y nunca olvidan sus Escuelas Aguirre por más años que pasen: desde que tienen tres años, este colegio se convierte en el mundo agradable que comparten, donde aprenden y donde crecen, y la relación con sus maestros de cada año es siempre una amistad que hace al niño amigo de los libros y del conocimiento. Hay además profesores únicos que abren la puerta a capacidades de conocimiento especiales, superiores, y lo hacen casi como un milagro. Y en este colegio, hay algunos de esos “tesoritos” que uno topa de vez en cuando en la enseñanza pública.

Doy aquí muchas gracias a los profes que han ayudado a mis hijos a ser mejores, les han enseñado a leer, a multiplicar y a hacer raíces cuadradas, les han hecho descubrir cómo hacer el trazo, cómo colorear y cómo decorar una botella, les han hecho pensar en la paz o en el agua, en la naturaleza y en la especie humana. Les han introducido con naturalidad en el mundo de los adultos, sin grandes alharacas, sin aspavientos educativos cursis ni con excesiva competitividad. Sobre todo, han conseguido el logro increíble de hacerles amigos del conocimiento, les han traspasado como suyo propio el acceso al  saber y la facilidad de la educación. Hacer eso es algo muy difícil, pues está el mundo lleno de pretenciosos que quieren presumir de saber, de agresivos que usan su competencia para aplastar a los demás, de insípidos que aburren a todos con su erudición. La sabiduría es sencilla, alegre, tranquila. Como este cole. Enhorabuena por manteneros siempre en ese ideal tan alto.

Mi único deseo, al terminar este periodo, en el que toda mi familia, incluido el perro Turrón, ha vivido y disfrutado del colegio Escuelas Aguirre, es que algún día pueda trasmitirse ese ideal de tranquilidad, serenidad y naturalidad en la educación al colectivo entero de los padres de los niños de este colegio, que en algunos casos, desgraciadamente, no están a la altura de esa calidad. Ojalá algún día los padres de este colegio, en su inmensa mayoría, adopten públicamente –en privado sí lo hacen- la actitud de respaldo y de respeto que todos los profesores y directiva de este colegio se merecen tan hondamente, pues la única sombra algo dolorosa que nos queda al dejar este colegio es saber que en algunas ocasiones se ha maltratado, se ha hecho daño, al personal del colegio. Sin embargo, este aspecto es tan insignificante, es tan poca la importancia que en el conjunto del colegio tiene el que el ambiente fabricado entre algunos padres desorientados sea agresivo o violento, que creo que no afecta en absoluto al cole en sus entrañas, a su profunda calidad de fondo.

Por eso creo que las Escuelas Aguirre seguirán creciendo y en el futuro seguirán siendo uno de los colegios públicos de mayor fama en la ciudad, porque no se ha perdido el norte dentro del colegio, y se sigue con los ideales educativos, más modernizados, que sostienen la enseñanza pública creando en ella el ambiente idóneo, de naturalidad, libertad y claridad de ideas que permite que, de vez en cuando, y por un don de los dioses, surja el genio y el talento en nuestra sociedad. Estoy convencida de que en el seno de las Escuelas Aguirre se ha hecho un trabajo intensísimo por favorecer que eso ocurra, y que de una infancia tan feliz, surja una mente capaz de crear felicidad a los demás. Os agradecemos infinito que seáis sobre todo un colegio donde se enseña felicidad, que es el supremo saber de la vida. Un abrazo a todos y hasta siempre.

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