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viernes, 20 de junio de 2014

Los tiempos que estamos viviendo, vistos desde el lado creativo, son apasionantes. Y como reflejo de ese carácter de cambio y de innovación que lentamente se va imponiendo, tenemos las extrañas paradojas que se viven en todo el sistema social y político, sometido a unas perturbaciones y a la vez a una transparencia increíbles.
Ahí tenemos, como hemos podido ver en estos días, todo un sistema de jerarquía política que se muere por días, que inspira el mayor repudio y frialdad a la poblacíón. Ésta, como un gigantesco animal, ha comprendido en su memoria de paquidermo que es necesario mandar a todo el poder político actual al asilo, y no solamente a éste: a un montón de estructuras, de las financieras a las culturales, pasando por todo el mundo de las costumbres y formas tradicionales de entender la vida, que hoy se caen a pedazos, de pura ancianidad. La necesidad de una nueva conciencia, de una nueva forma de ver las cosas, se está imponiendo en todos los sectores. Una sociedad tecnológicamente conectada, viva mediante esa conexión, más respetuosa con los animales, más social y menos jerarquizada, en la que se innove en las formas de representación y se cumpla con la transparencia absoluta en las acciones y en la gestión de todas las instituciones, se impone.

El rey Felipe VI está situado en el ojo del huracán de esta transformación que se llevará en vendaval muchas de las cosas del pasado. Lo que vimos ayer fue un tanto torpe en este sentido, porque el nuevo Rey celebró su coronación con lo más granado de la vieja España, donde grandes impostores, farsantes, bárbaros y mentirosos vestidos de seda y oro le dieron una mano que ensuciaba ya su cortísimo mandato. Yo en su lugar no hubiera hecho recepción. El sistema no puede ser recibido ahora mismo, está demasiado podrido.

ES como si Juan Carlos I hubiera recibido a las damas y corte franquista nada más ser coronado. Si este rey quiere leigitimarse, y no ser "el breve" como le dicen algunos rabiosos republicanos que han resucitado de los sarcófagos blanqueados de la historia, debe buscar la nueva gente, el nuevo sistema, la nueva ética.

En tanto el Rey renuncie a esa dura tarea, no tendrá legitimidad, y no hay nada más doloroso, decía Maquiavelo, que ser rey en todo menos en la legitimidad. Va uno a los sitios a ser abucheado, y la sombra de inseguridad va comiéndose las noches de sueño de un monarca. debería preguntarle a su padre, es lo que le ha pasado últimamente. Y Juan Carlos I era un rey legítimo, por su labor en la Transición, y quien no lo reconozca es un malnacido ingrato.Quien no reconozca la legitimidad ganada por su gestión de la democracia en España, a Juan Carlos I, no es un demócrata
. Y ojo con ponerle en el poder. 

Pero si Felipe VI llama a dialogar a Pablo Iglesias, si abre un proceso constituyente y remoza la Constitución, si genera referéndums sobre su figura -los ganaría si los convoca, pero si no los convoca, los pierde sin haberlos convocado, es otra paradoja del momento actual-, entonces puede ser el mejor de los reyes. Hay algo en la institución de la monarquía representativa que es muy valioso: su función consensual, su carácter neutral, su imperativo de honestidad absoluta y su garantía del proceso democrático que ampara. Todo esto fue la fórmula genial ideada en la Transición, que sigue siendo válida, como vimos ayer en el discurso del rey. 

De manera que en esta situación polar, Felipoe VI puede ser un gran rey o el mayor impostor. Los nuevos partidos pueden ser la renovación política o la vuelta del radicalismo cerril español. El sistema puede renovarse, o puede morir. Así están las cosas en este paradójico final de era, en el que seguramente lo que se resista a ser mejor, fenecerá.

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