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lunes, 4 de agosto de 2014

SENNETT Y EL DESASTRE SOCIOLÓGICO

 
Estos días me peleo con la lectura de las muy afamadas obras del sociólogo norteamericano Richard Sennett, "Carne y Piedra", "El Declive de lo público" y la última de sus entregas, "El artesano", con la que amenaza continuar en una trilogía que yo ya seguramente me dispensaré de leer, dado el trabajo de glotis que suponen todas las anteriores.
 
Sennett adolece del corporativismo cognitivo tan desgraciado en los científicos y expertos de nuestra modernidad: todo se quiere interpretar dentro del marco del sociólogo, con la secreta idea de fundamentar y justificar la existencia de un especialista en abstracciones con interés terapéutico en la sociedad.
 
Yo admiro profundamente a sociólogos como Weber, Cooley, Mead, Merton, Noelle Neumann, Morin, hasta puedo valorar a Habermas, Foucault . El sociólogo genial no es colegial ni pertenece a un club, sino que se proclama interdisciplinar y rompe con alegría las vallas del conocimiento en cotos. Pero hoy abunda, dada la situación profesional de este gremio, un tipo de sociólogo que profesa una religión propia, auto-afirmativa, en la que todas las formas de conocimiento que no son sociología, son distorsiones debidas a la ausencia de la perspectiva sociológica. Por ejemplo, ni un sólo sociólogo de capilla, al estilo de Sennett, aprecia la psicología. La deformación de este inculto norteamericano llega al punto de considerar que el desarrollo de la psicología está dentro de un proceso de narcisismo y expansión del yo íntimo que considera nocivo en la vida moderna, porque elimina la esfera pública o deja sin fuerzas la dimensión pública de la existencia.
 
El problema que yo veo, en las obras de Sennett, es el clásico norteamericano, en el que la falta de cultura de base, y la necesidad de epatar, conflagran visiones estruendosamente miopes de la vida social, materialistas sin sentido, complicadísimas, estrafalarias, idiotas. Los textos de este autor son batiburrillos de anécdotas de dudoso gusto, con generalizaciones bastas de autores mal leídos, a las que añade siempre la dimensión de género y un punto de desprecio hacia el conocimiento de las tradiciones académicas. Desde que se hizo amigo de Foucault, quien le dio permiso para mezclar en una coctelera sociológica las dimensiones más dispares de la experiencia humana, Sennett pretende hacer la Historia del Mundo basada en cuatro conceptos burdos: una idea de la Ilustración completamente acrítica, un enfoque materialista ratificado en la evolución industrial y productiva actual de una mínima parte del mundo, una idea de la ciencia social basada en epatar con anécdotas de gran peso simbólico que a él le salen gruesísimas, y la ausencia total del principio de exégesis tradicional según el cual para hablar de algo primero hay que haber leído todo o mucho de ese algo. A este norteamericano raso el conocimiento acumulado le da exactamente igual. Ignora enormes masas de conocimiento en profundidad, que va despreciando en sus digresiones pseudohistóricas. Como al fin y al cabo es un sociólogo, puede elucubrar y ensayar ideas sin pretender acertar. Basta con incluir, al final de sus textos, motivaciones éticas y recomendaciones evolutivas. Ello justifica el crímen cognitivo que perpetra.
 
La última chorrada es "El Artesano". A Sennett le podemos reconocer el olfato de acertar con el tema, que es uno de los agujeros negros del conocimiento académico social y cultural. Una esperaría que en la revisión de lo que es el concepto de artesanía, Sennett abordara la visión griega clásica que concede al mundo de la artesanía la virtud etimológica de toda la vida espiritual y filosófica posterior (por ejemplo como lo estudia  Jaeger), la medieval y escolástica asociada a simbolismo y alquimia, así como a tradiciones éticas y morales que llegan a la actualidad en determinados oficios, la renacentista que sigue esa línea, y luego, la evolución en la que el arte culto y la artesanía se separan a partir del renacimiento, tal y como estudia Anandas Coomaraswamy. Pero Sennett de todo esto no tiene ni puta idea. Y hay que decirlo. No se puede hacer la ola a un texto que desconoce, por ejemplo, el pensamiento en profundidad de una Simone Weil sobre el trabajo manual, y sobre la herramienta.

No se busque en este libro nada de psicología cognitiva en torno a la extensión de habilidades, al estilo Mc Luhan, Noé, Latour, etc. No sabe nada de esto. También ignora los profusos estudios sobre la tradición cognitivista en torno a la pericia y la destreza. Por supuesto, ni se huele la conexión entre herramientas materiales y simbólicas, y su interacción en la extensión de la conciencia humana. A Chomsky no lo vemos aparecer por ninguna parte, claro. Ya los lingüistas o psicolingüistas son marcianos para Sennett.
 
En lugar de eso, la ensaladilla rusa que nos presenta el ilustre sociólogo de la modernidad salta de un autor a otro, de un cuento chusco a otro, de fuentes más o menos fidedignas a chistes, novelas y películas, mezclando todo tipo de información sin calar ni ahondar en la tradición cognitiva en torno a la artesanía, que la hay, y que, por cierto, comienza con el concepto de artesanía, que está dotado de una raíz en actitudes, moral y filosofía de la vida a los que Sennett no se acerca, simplemente porque se pasa de cantidad de información espesa e inútil, sobrante.
 
Cuando se lee auténtica sociología la humildad del artesano del conocimiento reluce también. Y en Sennet no hay un conocimiento claro, sencillo, directo. Los conceptos son juegos malabares que no se ven claramente. Cuando esperas encontrar profundidad en un análisis que conoces, te das cuenta de que el autor simplemente baila por encima de él sin entenderlo. ES de pena su interpretación del mundo griego, revolucionario francés, ilustrado. Si alguien pudiera personificar la descripción de la Historia según Shakespeare, ése sería este autor. 
 
Ni siquiera recomendaría esta obra como glosa de la tradición de autores que han trabajado sobre este tema, porque hay errores gordos. Por ejemplo, como deforma las teorías sobre la metáfora. Y las de la comunicación humana, que ignora hasta la barbarie. Espero que Sennett y su moda pasen pronto a las estanterías de las bibliotecas más intrincadas de recorrer.
 

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