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martes, 23 de septiembre de 2014

ROLAND BARTHES Y LA LUCIDEZ

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A veces los escritores académicos alcanzan la calidez y la verdad de los poetas. Es algo muy raro, muy escaso, que de repente abre una inmensa habitación luminosa en las grisáceas moles de las teorías modernas, olvidadas de lo que fue , una vez, la teoría, la visión de un dios. Es lo que ocurre con el libro “Cámara lúcida” de Roland Barthes. Dentro de las obras de este autor, es una pieza maestra. No por la construcción del razonamiento, ni por la punzante argumentación. Simplemente, por la verdad y la humanidad que exhala. Es de los pocos libros escritos por autores académicos del siglo XX que no hace enrojecer de vergüenza ajena a un poeta, o a un artista.

En el Barthes de “La Cámara lúcida” no sobra ni una palabra, al contrario de lo que pasa en el ensayismo moderno. El autor se ha desvestido de todo artificio categorial. Habla de sus impresiones, de sus sentimientos, de sus experiencias, con tal calidez, y sobre ellas, de algunas pocas ideas geniales. Y transmite como nadie la verdad. Es el colmo del conocimiento. Y sin embargo, no sería aceptado en ningún tribunal, comité acreditador ni índice científico de nuestro tiempo.

En lugar de  asistir, mientras lo leemos, a la construcción de un castillo, de un parapeto defensivo, lo que presenciamos es el despojo que un gran creador hace para acercarse con humildad todal a la expresión de la verdad, a la comunicación real con su lector, en la comunión de la experiencia. Ese progresivo desnudarse va penetrando en el corazón del lector. Y el tempo con el que Barthes lo hace no es el propio del escritor del conocimiento, sino del artista, del comunicador de vida. Es un arte mágico, como el que él mismo describe, magistralmente, y con un lenguaje infantil, para la fotografía.

No es necesario escribir mil páginas de historia cultural para mostrar, con ese lenguaje y en ese intento,  lo que es la vida de los signos en la humanidad. Basta tener la sensibilidad lo suficientemente preparada para indicar, como hace la foto, y dejar que el resto del camino lo haga también la vida del espectador o del lector de una obra. No es necesario extender inmensas cantidades de datos para saber la verdad. Basta con convocar al corazón humano para llegar rápidamente a ella.

Leyendo al Barthes de “Cámara lucida” ves realmente para lo que sirve el conocimiento, y lo poco que vale el amontonamiento de retóricas, castilletes intelectuales, autopistas de información, ofuscamientos verbales y mentales, todos ellos hundidos en su propio túnel e incapaces de transmitir ni llegar a la verdad. Ves que los auténticos conocedores, los que allegan la verdad a los demás, siempre renuncian a todo eso.

 

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