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martes, 23 de febrero de 2016

LOS PERROS Y SU SEMIÓTICA INDICIAL


Cuando estudiamos la comunicación animal solemos analizar los lenguajes que animales como los delfines, las abejas o los perros utilizan para comunicarse entre ellos. La dificultad mayor está en que, como especie diferente que somos, nos resulta difícil acceder a los umbrales de comunicación que cada especie animal tiene, y por ello no reconocemos bien sus lenguajes y sus signos.
En la comunicación de los perros, que como hemos explicado en “El Caballo de Nietzsche” hace poco tiempo,  animales que han experimentado un proceso de co-evolución con los humanos, se han creado muchos ensamblajes y formas de comunicación específicas, que nos hacen un equipo comunicativo especial y nos permiten entender mejor, y apreciar, la riqueza y complejidad de su lenguaje. Porque los animales tienen lenguajes, y muy ricos y llenos de matices.
Los perros, tal y como recientemente explican Brian Haare y Vanessa Woods en su libro The Genius of Dogs” son animales particularmente hábiles, no simplemente en inteligencia en general,  sino en su adaptación comunicativa y cooperativa con los seres humanos. En el “ensamblaje” que se produce cuando los perros y los humanos empiezan a vivir juntos, dos animales muy diferentes encuentran modos de entenderse, de expandirse uno en el otro, de ampliar sus capacidades y de sentir mucho más, gracias a la convivencia entre especies.
Los humanos y los perros constituyen un equipo con una genialidad comunicativa propia. Los perros son animales que entienden especialmente bien nuestras señales. Hemos constituido un equipo en el que una especie se extiende y convierte en herramienta de la otra, respectivamente. Nuestros sentidos y capacidades se han puesto en contacto y cooperación. Todos hemos podido ver cómo un pastor da señales a su perro, o cómo los perros saben cómo indicar a sus amos que quieren o necesitan una cosa. Para esta comunicación, los perros y los humanos usan un tipo especial de signos, lo que en Semiótica se denominan sígnos índices: flechas, huellas, indicios, residuos, rastros o todos aquellos elementos que habiendo estado en contacto con un objeto, lo representan por asociación. Esa asociación que genera y recupera sentido está en la raíz de la relación entre el humano y el perro.
Los signos índices son muy importantes en la comunicación. A diferencia de los signos iconos –que son signos que asemejan a lo que representan, como ocurre con las imágenes fotográficas o los retratos figurativos- los índices son signos que a menudo actúan casi en secreto, y que frecuentemente implican físicamente a su usuario. Por ejemplo, cuando un perro quiere señalarnos que desea algo, lo mira fijamente durante horas ante nosotros. Todo su cuerpo se convierte en una “flecha” indicial que nos conduce hacia el objeto que quiere señalar. Este tipo de señal, como saben los dueños de perros, es muy eficaz a la hora de conseguir el animal lo que quiere.

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Los signos índices tienen su mundo particular dentro de la mente humana y de la cultura. Se habla de que existe una “mente indiciaria”, muy profunda, la que extrae información de las meras asociaciones casuales, de las apariciones o desapariciones de cosas, la que sigue, como los detectives husmeadores, los rastros de los sucesos, estudiando las huellas, eliminando factores o recogiendo síntomas hasta dar con la clave de las cosas. La semiótica estudia los signos índices porque están asociados a la mente intuitiva, y también a los sentidos más eficaces de nuestro sistema perceptivo, como el olfato, el gusto o el tacto. La ciencia o la medicina también se valen en profundidad de los signos indiciales.

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Los perros son maestros en semiótica indicial. Son expertos en el seguimiento de rastros y huellas. Usan el olfato, sede de muchos procesos indiciales –los olores, las emanaciones de los objetos, son signos que indican la presencia, estado, y cercanía o lejanía de cosas y sujetos- y el oido, para obtener información de gran sutileza. Señalizan mediante residuos –marcando con la orina, con objetos, con acciones- su presencia en territorios. Siguen con enorme pericia indicaciones, señales y direcciones humanas. El contacto físico, indicial, comunicativo es para ellos fundamental: por eso no pierden de vista nuestra zona de atención –jamás colocan un objeto que desean que el dueño vea, a sus espaldas- y tienden a buscar constantemente el roce y el ensamblaje físico. Esto los hace muy gratos a los humanos, pues nuestra semiótica de especie, más icónica o simbólica, a veces nos aleja de lo indicial, que sin embargo es una profunda raíz para encontrar y conservar significación en nuestras vidas. Los perros amplian nuestro sistema semiótico, de una manera riquísima.
Esta capacidad indicial hace que los perros sean fabulosos geolocalizadores de personas u objetos perdidos, admirables defensores de lugares o personas porque detectan los cambios sintomáticos en situaciones y contextos y asocian rápidamente los factores o residuos no comunes. Esta misma capacidad los hace, a veces, particularmente neuróticos o aprehensivos respecto a elementos, indicios o residuos: les lleva a identificar incorrectamente algunos indicios- asustarse desmesuradamente de alarmas por asociaciones casuales - a aterrorizarse, por ejemplo, de una cortina que se mueve, o de un gran ruido, o a lamerse irracionalmente una herida hasta infectarla, o a insistir de manera exagerada en la demarcación de territorios-.

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Por supuesto existen otros signos diferentes en el lenguaje perruno. Lo icónico aparece cuando representan en sus juegos conductas de ataque fingidas, al igual que ocurre en los lenguajes de otros animales como las abejas, los delfines, o los chimpancés. Estos animales usan la iconicidad cuando instrumentan la mímesis en sus interacciones, y metacomunican, usando signos más abstractos y simbólicos, cuando se refieren en sus interacciones a otros procesos comunicativos que imitan.
Pero parece que en la comunicación de los perros la fuerza de la semiosis mediante indicios es fundamental. Esa fuerza está en que estos signos actúan implicando a menudo al objeto en su proceso, es decir, llevándonos a lo físico, a lo corporal, a lo real. Por eso Rilke, el poeta alemán, decía que su perra realmente mostraba el Ser en la tierra. Los perros tienen un modo de mostrar la existencia y lo presente, único. Son para nosotros piedras filosofales, nos traen a la pura experiencia de vivir. Y ese regalo es único, propio de este tipo de comunicación. Porque nos evaden de las maquinaciones de nuestra mente, de las distorsiones de nuestros sistemas nerviosos, de los autoengaños y los malos rollos.

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A la hora de vincular significado a las cosas, la comunicación indicial es clave: por eso la usamos también los humanos cuando queremos manifestar hondas emociones: nos abrazamos, regalamos, tocamos y materializamos nuestras sensaciones y emociones mediante índices, añadiendo riqueza desconocida a los procesos simbólicos que mantenemos.
El binomio perro-humano es un equipo comunicacional fabuloso. Véase la capacidad de los perros de suplir la vista de los ciegos, convirtiéndose literalmente en extensiones sensoriales no sólo de estos discapacitados, sino de muchos otros. La capacidad de los perros de entrar en contacto con el alma humana, sorteando las ilusiones o distorsiones mentales, es única. La simbiosis entre estas dos especies, la canina y la humana, representada por el equipo indicial hombre/perro es un gran avance evolutivo, porque crea un universo de sentido compartido que enraíza la conciencia de ambos en una vida más amplia, y nos permite percibir el ser a través de la integración de lo verdaderamente diferente, en una comunicación lograda y compartida.
Los humanos hemos encajado y aceptado la comunicación indicial de los perros convirtiéndonos en extensiones suyas, cuando los cuidamos, alimentamos y les alcanzamos todo aquello que ellos como especie no podrían tener. Sin embargo, en la interacción humanos/perros, ellos nos consiguen algo todavía mejor.
La capacidad de indicar el amor, la calidez, la cercanía, que tiene un perro, no puede alcanzarla el humano, porque está asociada a su competencia semiótica indicial: ellos saben decir mejor el amor mediante su cuerpo, su mirada, su presencia. Donde nuestros umbrales de percepción no alcanzan, ellos pueden alargarnos su presencia, su palabra vital. Por eso hablamos de un amor único, especial, que ellos comparten con nosotros.
La comunicación es precisamente esa sencilla capacidad de tender puentes, de encontrar maneras, para comprender lo diferente y disímil y crear con él un lenguaje, una poesía común. La contribución de los perros al sentido de esa poesía de vida humana pesa cada día, como nos pesa el cuerpo del perro, que tenemos a nuestro lado en nuestras vidas.

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