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viernes, 14 de diciembre de 2018

EL TRABAJO COMO RESPIRACIÓN



Cuando trabajar se convierte en una actividad intensa, que realizamos con auténtico esfuerzo y dedicación, obteniendo los resultados que buscamos y empleando a fondo todo nuestro ser, sea de forma física o mental, lo que experimentamos es una auténtica inyección de vida, como el oxígeno vital que necesita nuestro ser para estar vivo de verdad.

Esta experiencia es el premio de todos aquellos que realmente luchan contra adversidades o circunstancias durísimas para sacar adelante una tarea. Es el resultado de exprimir, como si fuera una esponja, el cuerpo y el espíritu, la concentración y la capacidad de abarcar elementos o materia, después de lo cual el cuerpo se esponja, la mente se recrea, o la imaginación se puebla de azules universos y de blancas ideas. Nuestro ser es en realidad una especie de pulmón que sólo se siente vivo con la contracción y la expansión que un trabajo a conciencia produce. 

El trabajo nos dice quién somos, o más bien, nos constituye de verdad. Porque cuando sin esforzarnos o sin emplearnos en algo, lo conseguimos, experimentamos la sensación de que se nos ha dado algo que no era nuestro. Después la fantasía humana construye la impresión de que en realidad sí merecíamos, por motivos muy muy recónditos, los premios o consideraciones que nos ha tocado en suerte aprovechar. Pero aunque nos construyamos esa fantasmagoría, en lo más profundo de nuestro ser seguimos pensando que no nos pertenece, que no somos aquello que nos ha definido, y eso es terrible, porque no hay nada peor que saberse un engaño, y engañarse a sí mismo para olvidarlo. Eso termina royendo el basamento de nuestra estatua, provocando todo tipo de adaptaciones y cambios para destruir el embuste propio y el ajeno.

Solo hay una manera de recibir un nombre, y una naturaleza propia, completamente nuestra, y es mediante el trabajo constante y coherente, serio y profundo, en aquello que tenemos que hacer. Gracias a esa constante lucha y estensión de nuestro ser, respira nuestra alma verdaderamente. Gracias a esa herida que la herramienta hace en el cuerpo o en la mente recibimos del entorno una unción de reconocimiento verdadero. Y ese no se engaña a sí mismo, porque proviene de una constancia en el tiempo y en el ser de la persona, que la hace silenciosamente auténtica. Así, el trabajo es la manera como llegamos a ser lo que somos, y los que no hacen su trabajo, nunca se sienten verdaderamente ser, y esa ansiedad los cincela malhumorados, traidores o insensatos. 

El sacrificio que está implícito en una vida de trabajo es parecido a un ejercicio de atleta, a una preparación constante del alma, a una limpieza y llaneza de miras que genera esa tranquilidad de saber que, preguntando a la vida mediante los trabajos, nos responde con nuestro nombre propio. Es una verdadera expansión del individuo, que dialoga, aprende, se nutre de la vida y se deja moldear por cada instante presente. Con espíritu leonardesco, uno hace de todo, hace muchas cosas, se demora en hacer y en hacer bien lo que debe. Y eso lo etiqueta para siempre porque su artesanía graba en la piedra de la memoria, humana o inhumana, la figura de su nombre. Cuando por nuestros brazos o nuestras piernas sube ese calor de hormigueo de haber blandido herramientas o esforzado los huesos y los músculos, está subiendo por nuestras venas auténtica vida pura. Y eso es cuanto necesitamos para seguir respirando.

2 comentarios:

  1. Vaya, Eva, cuantísimas imágenes y sugerencias, que resuenan dentro de uno, en tan poco espacio. La dignificación por el trabajo, el placer de lo intrínseco ("hablar a la vida mediante el trabajo y que te responda por tu nombre", qué bonita idea), el flow, el mensaje póstumo de mi padre (trabajad, para disfrutar del descanso), el dilema hacer-no hacer, el síndrome del impostor, la satisfacción por el trabajo bien hecho versus "the need to please others", la naturaleza como público, el trabajo como juego... Venía últimamente leyendo sobre vidas de gente como los matemáticos Euler o Bernouilli, los físicos como Newton o Galileo, el propio Darwin... Vidas entregadas al trabajo. No exentas de disputas o incidentes... pero qué gran placer el del trabajo en sí. Y pienso en los estudiosos, porque es lo que me va, pero lo mismo cabría decir de artistas, artesanos, deportistas, fontaneros, albañiles o... demonios, ¿esto vale también para abogados y políticos?

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  2. Gracias por este comentario tan rico.... estamos tan de acuerdo que me asombra !

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HACER ALGO CON LAS MANOS Blog de creación y comunicación de Eva Aladro Vico