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domingo, 9 de mayo de 2010

un libro sobre los símbolos

Un amigo y yo estamos escribiendo un libro sobre símbolos, y metáforas, relacionándolos con el poder. Mi amigo Luis Díez, que sabe mucho sobre simbología política, se ocupará de la parte actual.  A mí me toca trabajar sobre los símbolos, su naturaleza última, su estructura. Y no salgo de mi asombro, la verdad. Los símbolos son realmente misteriosos.

 

Cuando estudias en profundidad un símbolo, terminas por percibir formas puras, direcciones de flecha, movimientos ascensionales, axiales o circulares, de modo que la abstracción pura cobra materialidad. Es lo rarísimo de los símbolos, que en su fondo, nos permiten percibir la cara oculta de lo real.

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En el metro de Ciudad Universitaria toca un violinista muy delicado y de gusto. Sus obras sonoras, en pleno vestíbulo del Metro, son mándalas simbólicos. No hay más que fijarse en la estructura musical escogida, que es un rosetón de melodías que juegan con nuestra experiencia acústica creando simetrías, armonías, oleadas, en una forma simbólica concéntrica, que se advierte en todas las obras de arte, debajo de su superficie.

El símbolo del centro, el mándala y el axis mundi, están en todas las obras de arte. En su estructura, en su tejido. Representan formas concéntricas armonizadas y bordadas entre sí, y eso es un cántico. La misma estructura de la existencia probablemente es un cántico mandálico. Esa disposición de las experiencias unidas en torno a un tiempo, y quizás originadas por el tiempo. Igual que la estructura del sí mismo. Pues bien, esto lo pintan los símbolos, lo hallamos en ellos, ejecutándose constantemente en formas a nuestro alcance, que pueden explicar lo que somos, mejor que los espejos. Además, los símbolos son todos familia, todos tienen relación entre ellos y nos conducen a lo real, por vías que son siempre sagradas. Digamos que son puertas para venerar la realidad como es debido. No hay más que fijarse lo que se parece un mándala a un árbol, y un árbol al sol, y el sol, a un templo, y el templo, a la montaña…

Creo que el libro será también un buen axis magnético.

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