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jueves, 3 de octubre de 2013

JUNG Y LAS MANOS

 

La sabiduría de Carl Gustav Jung llegó muy lejos, mucho más de lo que sus lectores atentos podamos llegar a sospechar. Y una de sus más profundas convicciones, experimentada en propia vida, era la necesidad de obtener de la materia, mejor dicho, de la proyección al plano o dimensión material, las energías más poderosas de la psique universal.

En esto, Jung resumió su tan reclamado estudio del principio de la individuación, del que tuvo por primera vez noción al entrar en contacto con la Alquimia medieval, y que luego desarrollaría en múltiples brazos teóricos, como la teoría de la sincronicidad o la idea del destino como proyección no deliberada de una energía psíquica no atendida adecuadamente.

Las ideas de base no son nuevas para nosotros: las manos son las alas del ángel humano. Gracias al trabajo manual, y gracias a las individuaciones, es decir, las concreciones formales de los fenómenos inmateriales, es posible canalizar y conectar con las fuentes más profundas del desarrollo humano. las manos ayudan a pensar, a sacar a la luz los límites y a superarlos, a dialogar con la materia, que siempre habla al hombre que trabaja con ella. Cada creación es siempre una obra material, tiene un plano a tierra. La materia, la piedra, la pintura, el sonido, ayudan al hombre a liberarse de sí mismo por su propiedad reflejante, que decía Simone Weil, y por su comunicación con el fondo de nuestro ser. Solamente pareándonos con lo exterior, acoplando nuestra voluntad y nuestro tiempo con un extractor material, podemos crecer.

Esta profunda sabiduría que conecta las manipulaciones materiales con el fondo de la mente estaba en la Alquimia medieval, cuya rara  simbología resulta muy difícil de penetrar, a Jung se le abrió como un Libro inmenso en el que encontrar individuaciones de fenómenos psíquicos de enorme importancia en el devenir humano.  Y a partir de un momento dado, el gran sabio suizo comenzó a prestar muy honda atención a lo que sus propias materializaciones le decían respecto a los arquetipos y los símbolos que guían, abarcan y moldean el destino humano. Como una memoria más antigua que la vida, la materia y las formas individuadas conservan una reverberación arquetípica, si son vistas con atención suficiente, que permite usarse como planos de crecimiento y de expresión infinitos. Sin lo concreto, material, sin el trabajo de las manos, es difícil conectar con lo infinito inmaterial e inabarcable. Es un misterio de conjunción que al ser humano no le es dado comprender del todo, pues llevado a su límite, alinea el propio discurrir temporal, el destino, y toma la materia para expresar su propia unidad armónica, en la sincronicidad, que puede superar el tiempo y el espacio materiales y usarlos para su expresión absoluta, más allá de toda individuación parcial.

Cuando Jung descubrió estos principios  y comprendió la función de lo individual como vía de expresión de lo universal, empezó a trabajar con las manos, jugando, construyendo luego, después trabajando la piedra esculpida, la edición manual del gran Libro, las imágenes y todas las formas concretas a las que tuvo acceso y que le sirvieron de via de acceso a sí mismo. Se unió con un lugar, Bollingen, y acompañado de agua y de árboles, de piedra y de cielo, sometiéndose al imperativo de la materia, convirtió su propia existencia en un camino para desarrollarse de maneras múltiples, en una via magistral a la que, prestando atención con la parte de la mente adecuada y numinosa, es posible acceder y comprender el desarrollo múltiple y versátil de lo único y diferenciado.

Estamos lejos hoy de entender esta lección que tantos grandes sabios están comunicando, sobre la importancia de ensamblar el trabajo manual y el intelectual para superar las limitaciones humanas que nos impiden desarrollar, por ejemplo, una sociedad mejor. Sobra arrogancia en muchos egos, tanto de creadores de bellezas intangibles como de inteligencia abstracta, como para entender que su trabajo no es nada sin las manos, sin la materia que les habla. Si comprendemos el destino humano como un proceso conformado por la conexión misteriosa con lo universal, se nos deshace el materialismo mutilante, entendemos toda la materialidad de la existencia como un reflejo más de un proceso supraindividual, impersonal.  Y el universo de los seres animales y vegetales que nos rodean, que están desde siempre esperando la comprensión humana para poder hacer compañía en ese profundo cambio, permanece alrededor de la mente numinosa, como si fuera un inmenso mundo invisible. De vez en cuando, un acontecimiento sincronístico genera una ola en la que vemos la armonía a la que es posible llegar si generamos el misterio alquímico de la conjunción, sea de las dos mentes, sea de la materia y el espíritu, sea de la vida y la muerte.

 

 

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HACER ALGO CON LAS MANOS Blog de creación y comunicación de Eva Aladro Vico