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lunes, 24 de marzo de 2014

EL TIPO QUE NOS FALTA JUSTO AHORA

Twitter es un fantástico difusor de innovaciones, pero también acoge, por equilibrio polar, algunas de las estupideces más sonadas de la historia reciente de nuestro país. Con el fallecimiento del presidente Suárez, tiene una que leer auténticas majaderías en las redes, como las de esos revolucionarios de papel que equiparan la transición con la dictadura de Franco y consideran la enfermedad de este magnífico hombre de Estado un “símbolo de la Transición”.

Pues no chicos, no.  Para juzgar bien hay que analizar con atención, y tener mucho cuidado, no sea que en el impulso crítico nos carguemos el suelo que pisamos y hagamos una revolución completamente fascista, peligro hoy que está ahí y del que habla tanta violencia en las manifestaciones y tanta tendencia a convertir toda manifestación en una pelea a pie de calle.

Adolfo Suárez fue un hombre honrado. Un político de verdad, un señor dispuesto a reformar un régimen dictatorial en una dictadura, sin derramamiento de sangre. Que, además, lo consiguió en muy poco tiempo. Y cuya gran virtud fue precisamente la cintura política: la capacidad para cambiarlo todo, sin que se hundiera el suelo bajo sus pies.

De Adolfo Suárez debemos aprender todos, y ahora más que nunca: porque yo empiezo a estar harta de unos movimientos revolucionarios que terminan siempre a bofetadas, que juzgan sin distinguir entre los hombres honestos y los chorizos, que tienden a equiparar democracia, por corrompida que esté, con totalitarismo: pues no es lo mismo, y si no, que imaginen a qué pelotón de fusilamiento se enfrentarían en China o en la España de los 70 mismamente, los que ahora protestan –protestamos, porque me incluyo expresamente en los movimientos de protesta y por la dignidad-. No es lo mismo Suárez que Rajoy. Hay un abismo, entre un político honesto y humilde y un listo de clase alta que llega a forrarse a la política.

Y como no es lo mismo la Transición que la Dictadura, hay que distinguir. Porque además en esa distinción nos va la democracia misma. Y si vamos a acabar con la memoria de las libertades conseguidas, entonces podemos sacar todos la faca a la calle, y volver al año 1936. ESo no es hacer la revolución, sino jugar a la barbarie, deporte español por antonomasia: pues bien, Suárez supo controlar y manejar a la barbarie española, e hizo triunfar la democracia. Eso justamente que el movimiento revolucionario español actual no sabe hacer, está claro.

Nos hace falta Adolfo Suárez hoy. No hay ni un sólo político honesto. Pero tampoco hay revolucionarios, personas a favor de la regeneración democrática del país, que distingan y sepan llevar el movimiento de regeneración por vías pacíficas y de consenso. Esta, y no otra, es la clave del atasco en el que está el movimiento 15-M: desde hace ya años, en él se han mezclado movimientos violentos y ultras, que terminan todas las manifestaciones con la lluvia de hostias correspondiente, y que se están cargando literalmente la posibilidad de regenerar políticamente la vida española.

Por eso homenajear a Suárez ahora mismo tiene dos significados: uno es reconocer, y poner en el escenario del modelo que tenemos que seguir, a una figura honesta y capaz, un político de raza, capaz de llevar las reformas en paz. Otro es reclamar ese modelo precisamente: No hay nadie en el inmenso movimiento de regeneración actual que se acerque mínimamente al zapato de Suárez. Y así nos va.

De modo que los tuiteros revolucionarios que arremeten contra Suárez, lo mejor que podían hacer es sentarse a leer y a mirar documentos de la época, y empezar a aprender cómo se hace política de verdad y qué es la democracia, en lugar de hacer patinaje y estropear la energía democrática en la que su propia iniciativa tiene que alimentarse. Porque si no lo hacen, si no distinguen, si no se enteran, estaremos nuevamente en manos de cerdos dictadores, del signo que quieran ser.

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