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viernes, 23 de mayo de 2014

cultura, medio para la atención

 

 

Estudiando lo que Simone Weil dice sobre la atención, hace unos años, descubrí la enorme importancia de esta capacidad que no es ni mucho menos fácil. Toda la enseñanza, decía la gran Simone, no tiene otro fin que el de despertar la atención. Una vez que nos abrimos mediante la atención, todo está hecho, y retrocedemos al lugar donde la existencia es sagrada. Ese retroceso, esa detención, son el fin más alto de una cultura. Y nada más.

Por más que sigo estudiando qué es la cultura y para qué sirve, no salgo de esa convicción: toda la cultura puede justificarse en la  simple capacidad de despertar la atención hacia las cosas sencillas de la vida, que son las más sagradas.

Leyendo a Beltig, teórico sobre el mundo de la imagen, o a cualquier otro gran estudioso de cualquier fenómeno artístico, ves que su grandeza estriba, en si han sido o no capaces, de transmitir y provocar una mirada, amplia y serena, que recuerde bien y al mismo tiempo pondere sin frenos, lo que es la expresión humana, al hilo de la naturaleza y de la andadura de la vida. Un gran sabio, un artista, no valen más que para eso. Y cualquiera de los campos en los que las raíces que nos llevan a ese profundo conocimiento, si vienen gracias a un escritor, a un profesor, a un pensador, son igual de valiosos. Sus itinerarios nos ayudan a entender qué es lo profundo y qué es la superficie, qué afanes son estúpidos, y cuáles son las aspiraciones humanas a la majestad de la existencia.

 

No es que haya muchos autores cultos hoy en día. Afortunadamente tenemos algunos que nos ayudan a ser felices, algunos que nos recuerdan cosas tan sencillas pero tan importantes como el valor inmenso del tesoro de la existencia, y ponen el dedo en su verdadera tasación, frente a tanta valoración del dinero, del poder, del dominio, como algo que cambia todo y que se cambia por todo. Afortunadamente tenemos personas que nos transmiten esos recuerdos más antiguos que la propia memoria, y nos llaman la atención hacia el resonante juego de eternas similitudes de todos los esfuerzos humanos y todos los logros auténticos.

Y ese es el fin de la cultura. Abrir los ojos. Hacer recordar aquello antiguo que está bajo los pies, donde nace la hierba. Hacer que el tiempo se detenga, y el corazón palpite apasionadamente por el gusto. Y todo ello, en un mismo impulso.

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