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sábado, 7 de febrero de 2015

ÁRBOLES símbolo: LA VIDA VEGETAL

 

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Hablábamos recientemente de los simbolismos relacionados con los animales y los humanos, y algunos lectores reclamaban que se hiciera similar argumentación con las plantas y vegetales. No es difícil hacerla, puesto que los símbolos de árboles, plantas y otros seres vegetales también son un núcleo muy importante de comunicación en todas las culturas con sabiduría primordial o perenne. Su naturaleza y estructura vital sirven muy bien para comunicar las formas esenciales de la vida en el planeta.

Simone Weil, la pensadora francesa, afirmaba que la materia pesada solo es capaz de subir contra la gravedad, que domina todo, en las plantas, mediante la energía del sol que el verde de las hojas ha capturado y que opera en la savia. La gravedad y la muerte se apoderarán progresiva, pero inexorablemente, de la planta privada de luz. Sin embargo, las plantas son los únicos seres, supo ver la maravillosa Simone, que transforman la luz en materia y la hacen comestible para los otros seres de la tierra.

La fotosíntesis convierte algo que irradia hacia el planeta en energía materializada en la savia y tejido vegetal. Cuando se transforma de esta manera, puede ser a su vez consumida por los animales y desencadenar en ellos la fuerza vital. Esta operación tan simple es, para los humanos, un auténtico milagro, que solamente un dios podría llevar a cabo. Por eso, muchas culturas convirtieron a los árboles y plantas en dioses, percibiendo esa mágica capacidad.

La función de las plantas es, como decía Weil, transformar en energía ascendente y en frutos y sustancias la luz solar que desciende sobre la tierra. Es también la de generar algo tan esencial e improducible por los animales y humanos como el oxígeno y la de  consumir  dióxido de carbono, durante las funciones de fotosíntesis, es un inmenso beneficio al medio.  A pesar de estas inmensamente benéficas acciones, su naturaleza más impersonal que la de ningún otro ser, y su “mansedumbre” por así decir, sometida al trato humano y animal,  nos transmite lecciones fundamentales del puesto verdadero del hombre en el cosmos.

Las plantas representan a menudo la inversión de las capacidades humanas, la compensación de sus incapacidades y defectos, y los mundos inversos que pueden explicar e ilustrar la naturaleza y estructura del universo. Así,  en la Baghavad Gita se representa al universo con un árbol invertido, en cuyas raíces, al aire, se manifiesta la pluralidad de las especies y formas de vida, y cuya copa representa el mundo celestial, aquí oculto bajo la tierra, es decir, bajo la muerte o la dimensión de lo invisible. Parecido es el árbol sefirótico de la religión judía, que estructura y engrana todas las formas de vida en su simbolismo.

En los simbolismos de las plantas y las formas vegetales, las veremos representando también a contrarios transformados. Vemos cómo las semillas sagradas en Grecia, en Egipto y en la India, representan la fusión de la vida y la muerte en un sólo ser que debe dar lugar a aquello que transporta, enterrándose y muriendo. La célebre espiga de los misterios eleusinos, que hacía experimentar a los iniciados la unión entre vida y muerte y la fusión de la polaridad de la vida en la tierra,  es muy parecida a la ingesta de pan y de vino de los ritos dionisíacos y luego cristianos, y a la de maíz por parte de los mayas y toltecas. Estos alimentos vegetales representan la unión entre vida y muerte, en la transformación de la vida biológica de las semillas. Los árboles y plantas contienen en su interior el principio de transformación que supera el ciclo de vida y muerte, por eso son símbolos muy importantes del equilibrio polar de la existencia.

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En el mundo maya, la siembra, como en otras culturas tradicionales, representaba el viaje al mundo de los muertos que se transformaba en brote de la vida en el mundo.  La coalición de las tres semillas de frijol, calabaza y maiz, que se plantaban juntas,  ofrece una  imagen muy clara de la capacidad de transformación de estos tres cultivos, que permite superar la muerte absoluta, simbolizada en el volcánico suelo sin vida sobre el que se plantaba la milpa. Cada uno de estos vegetales ayudaba a germinar y prosperar al otro a lo largo del año agrario. Y la forma en que la semilla de calabaza germinaba bajo la tierra dando sustento a la de maíz, sobre la que se enrollaba el frijol una vez aquél seco, nos muestra cómo en la vida vegetal los simbolismos de la anábasis o ascenso a los cielos, catábasis o descenso, y movimiento en zigzag, espiral o greca, representan modos en que la energía vital se desbloquea y avanza.

Muchas de las formas simbólicas provienen de estructuras, mecanismos y procesos vitales vegetales. Las espirales,  los ejes rotatorios, las balanzas en equilibrio, los centros de múltiples hojas florecidas, todos ellos tienen una filiación simbólica con el mundo vegetal. Es posible ver estas formas asociadas a nociones muy importantes que tienen que ver con el descubrimiento de los vínculos, las relaciones de complementariedad, o de retroalimentación, entre seres en el planeta, y en el interior mismo de cada individuo.

 

Los árboles han sido y son objeto de constantes simbolizaciones. Hay religiones basadas exclusivamente en un árbol sagrado, como le ocurría a los cultos celtas, vikingos y druídicos.  El árbol representa un axis mundi que orienta sobre el vínculo entre tierra y cielo, entre materia y luz.  En Egipto, el psicomoro era el árbol sagrado que materializada la capacidad de transformación espiritual. En sus ramas, en forma de aves, se posaban los espíritus de los muertos.   También en el olivo se posaba la lechuza que encarnaba a Atenea, la diosa de la inteligencia. Gustav Klimt mostró esa imagen con una belleza absoluta.

 

El árbol agrega en torno suyo las sustancias y materia de diversa proveniencia y las articula en un conjunto radial con vida única. Esta estructura lo convierte en un espejo del universo, un símbolo de los denominados imago mundi por Mircea Eliade.  Porque el árbol tiene la capacidad de disolverse en su estructura de raíces hasta hacerse uno con el entorno, o incluso, conectarse en red con las raíces y capilares de otros árboles. Esta capacidad de fusión y de comunicación radial hace del árbol un ser superior al humano en este aspecto.

El árbol es también un espejo de la estructura física humana, y de su raigambre en el planeta.  Muchas mitologías antiguas vieron brotar a los hombres de la tierra, como los arboles. El genio griego hizo que cada dios humanizado tuviera también una representación en un tipo de árbol, con sus cualidades y capacidades específicas, y que las metamorfosis simbólicas de hombres en árboles o viceversa unieran en la mente humana ambas estructuras vitales para siempre. La planta y el árbol son un ejemplo de expansión vital que depende de una raigambre a un lugar único, uniendo así dos contrarios nuevamente. El árbol es un ser indefenso, y al mismo tiempo, poderoso y gigantesco. Su capacidad de conexión subterránea con otros árboles ha servido para ejemplificar maravillosamente la unión de todos los seres en el planeta mediante la comunicación con el medio.

Los árboles no solamente conectan los mundos dispares que no tienen comunicación entre sí, como son el subterráneo y el aéreo. Los árboles son importantes conectores del Tiempo. Su vida, como cualquiera de nosotros puede advertir, traspasa las generaciones humanas, de manera que un árbol, inmovilizado y aparentemente inerte, es el testigo de la historia humana, y su base está en el origen de las generaciones, aunque su copa y ramas sean de nuestro tiempo. Esta capacidad suprahumana de fusión de los tiempos humanos más dispares también lo ha convertido en un mandala que representa la divinidad, aquello que supera a la historia.

Los árboles expresan, así, una anábasis materializada, una ascensión vencedora de la gravedad,  fundidora de los contrarios y opuestos, que es capaz de interactuar  con la atmósfera, y hacer la transición entre lo terrestre y lo aéreo. Alimentado desde lo más profundo de la tierra, por el humus y por los restos de los organismos animales y minerales, su esencia es alimentarse de todo y convertirse en aérea criatura, la más próxima a la atmósfera. En ellos puede verse la ascensión y la gravedad unidas, los movimientos contrarios armonizados.

Este es el carácter más sagrado de las plantas. Aferradas y arraigadas a la tierra, son los seres que más se mueven, agitados por los otros elementos de la vida, como el viento, el agua, los animales. Sometidos a la acción de todos los demás, sin embargo tienen la capacidad de transformarlos a todos, porque los vegetales son los mediadores entre lo fijo y lo móvil, entre la tierra y el agua, entre el cielo y la tierra,  entre el origen y el ahora, o lo que es lo mismo, entre materialidad y luz.

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