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lunes, 2 de febrero de 2015

SOBRE RACIONALIDAD Y PROGRESO

 

Afirma José Cervera, en algunos de sus recientes escritos, que la humanidad avanza y progresa gracias a la ciencia, al uso de la racionalidad, y al ejercicio de la experiencia y la prueba como método sagrado para demostrar toda verdad hoy asentada en nuestro mundo moderno.

Estas ideas serían chocantes no porque no se hayan repetido durante centurias por los ilustrados, racionalistas y empiristas, sino porque hoy en día, en pleno siglo XXI, no hay un científico que pueda defender algo por el estilo de este modo tan doctrinario.

Parece que la cuestión viene suscitada por la necesidad que ven algunos periodistas, políticos y opinantes en la red, de que continúe y se desarrolle la experimentación animal para garantizar el progreso de la medicina. Partidarios algo fanáticos del credo racionalista, llegan a decir que, si una persona expresa sus dudas sobre el empirismo absoluto, y manifiesta sus ideas sin más prueba que sus palabras, se tire por una ventana a ver si no es cierto que se espachurra su cuerpo físico como dicen experiencias previas.

Este juicio de dios a lo científico condena al silencio a todas aquellas voces, que provienen precisamente de la ciencia, y que avisan de que la ciencia no avanza por experimentación más que algunas veces, y que el progreso humano se debe mucho más a los impulsos éticos que a los racionales. Toda la Escuela de Frankfurt, de pensadores y científicos, se dedicó a demostrar que el mundo cruel, insensible y salvaje del capitalismo industrial, se asienta sobre los principios del racionalismo absoluto: la búsqueda del beneficio, el interés personal, la optimización de los costes, la aplicación de la lógica. Creo que la misma Hannah Arendt ya mostró hasta qué punto la aplicación de este racionalismo frío estaba en la banal base de la ideología nazi. La lógica y la racional son instintos formalizados, válidos pero no absolutos.

La experimentación no sirve de absolutamente nada si no la guían las intuiciones y las ideas, esas imágenes irracionales que impulsan la invención. Ningún científico empieza a trabajar cavando en cualquier punto del suelo hasta encontrar al “Hombre de Orce”. Previamente, alguien ha tenido una idea. Ha elucubrado una hipótesis. Ha copiado la idea de otro. Pero en cualquier caso, la razón no es la madre del progreso. El progreso debe mucho más al valor, a la creatividad, a la fe, que a la razón.

Lo que la ciencia de hace cien años nos dice, es que aquello que llamamos experiencia no es sino el resultado de una interacción en la que el experimentador influye en el objeto o realidad observada.  Lo que llamamos pruebas objetivas son determinaciones que nosotros mismos creamos y condicionamos. Son valiosas porque indican información, pero no son fórmulas mágicas ni inevitables protocolos.

No existe la prueba objetiva, aunque de la observación cuidadosa de las pruebas una inteligencia intuitiva pueda extraer ricas conclusiones. La ciencia no avanza construyéndose sobre el paradigma observacional, sino sobre un sistema múltiple en el que a menudo la fe es vital, como sabía muy bien Marie Curie, que se quemó las manos hasta que consiguió aislar la radiactividad que perseguía en sus estudios.

La experimentación con animales es evitable y debemos abandonarla en el futuro. Se opone al progreso de la especie, igual que se opuso la esclavitud, igual que se opuso la negación del voto a las mujeres.  Solamente el día en que se evite el aniquilamiento animal podremos acceder a los beneficios de una sociedad más pacífica y respetuosa con los otros seres vivos del planeta, y entonces podremos ver cuánto nos retrasa el trato infame a los animales.

Cuando la sociedad abandonó estos lastres como la esclavitud, el voto masculino exclusivo, las luchas de gladiadores, las cruzadas, grandes voces de la época decían que era irracional, e iba contra el progreso, no aplicar la lógica en aquellos casos. Los esclavos eran baratos e ignorantes, y Aristóteles mismo defendía que debían permanecer. Las mujeres votaban a la derecha y eran beatas e ignorantes, y los prudentes varones cientificos de la época decían que no era racional darles el voto democrático. Eran muy necesarios los gladiadores y las luchas en el circo. Era de cajón  salir a la conquista de la Tierra Santa.

Hoy los prudentes varones científicos, y algún que otro descerebrado con ansias políticas extrañas, defiende que la experimentación animal es el progreso inevitable y que no es racional defender la vida de los seres a los que oprimimos o con los que nos alimentamos. SIn embargo, los animalistas afirmamos que el progreso humano pasa por la abolición de la experimentación animal. Por el reconocimiento de la dignidad de los animales y las plantas. Por la búsqueda de lo impensable, de lo imposible, de lo ilógico: eso es la libertad, eso es el hallazgo de lo que ahora no se puede ver. Solamente los genios locos consiguen defender lo irracional, y ganar un mundo: Gandhi era también un irracional loco, que por vías impensables, ganó un mundo. Como lo era Pasteur, como lo era Faraday, como lo era Cajal. Pasaban por locos, y en muchos casos, soñaron sus descubrimientos o usaron el genial azar para descubrir lo que les hizo únicos.

Es importante que el cientifismo religioso de nuevo cuño se aplique donde debe: que critique la irracionalidad de un mundo donde la riqueza es acumulada por pocos. Que ataquen, los defensores del racionalismo, la irracionalidad del consumo de automóviles y de sistemas de transporte contaminantes. Que el racionalismo luche contra los fanáticos religiosos humanos, contra los fascistas. Pero que deje en paz causas tan humildes y tan dignas como el animalismo y el ecologismo. Es muy sospechoso que este racionalismo cientifista, que tapa las bocas de gente que lucha por eliminar el sufrimiento en el planeta, ataque precisamente a quienes ponen el corazón en una causa, en lugar de a quienes quieren arrancarlo de otros cuerpos.

Porque  da la sensación de que realmente lo que les molesta, a los racionalistas absolutos, es el progreso humano, y que ellos, en la caverna del pensamiento categórico, sienten fobia por las cosas que llegarán, como intuyen, y les molesta mucho, en el futuro humano.

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