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sábado, 8 de agosto de 2015

CONTRA EL IMPERIO DE LAS EMOCIONES

Leo que la última película producida por Disney/ Pixar, titulada "Del revés" personaliza en dibujitos a las emociones, y que en ella todo cuanto ocurre tiene que ver con lo que se siente, antes que con ninguna otra cosa. En realidad es una gotita más en el vaso del inmenso embauque que supone el culto emocional que comenzó hace algunas décadas, y ante el que pocos han dado aún la voz de alarma. Para muchos críticos, se trata, como dice un respetado periodista, de la primera película que reconoce "los avances en neurociencia" en torno al asunto de la mente emocional. Pero mucho me temo que lo que esta peli constata más bien es nuestro retroceso en el control y justa valoración de las emociones en general. Muchos pueden partir de la base de que el ser humano actual, habitante de las ciudades modernas, ha avanzado tanto en su desarrollo que por fin aflora su vida emocional como eje y justificación de su propio destino. Pero muchos autores y pensadores saben que cuando a las emociones se les da tantísimo peso estamos ante una pérdida de sustancia, de capacidad de idear, en la vida humana, y no ante un avance.

Una confusión parecida encontramos en el denominado "culto al Yo" y en los avances en torno a la idea de identidad que marcan la llegada de la civilización moderna. Sin duda el concepto de persona de los griegos, luego desarrollado en la época medieval y consolidado en el derecho romano y en la ilustración también, fue una pieza fundamental para desarrollar la sociedad moderna. Pero como saben muy bien los teóricos sociales el "culto al Yo" se ha convertido en la más peligrosa de las drogas sociales. El individualismo fue clave a la hora de establecer y perfeccionar la racionalidad tecnológica e industrial que  sostiene la sociedad de consumo y el sistema productivo. Es la clave para el desarrollo ilimitado y descerebrado de la riqueza en las minorías por la ciega ambición de las mayorías. Es un potentísimo alucinógeno que desorienta completamente al individuo, impidiéndole un desarrollo al que podría aspirar, el de su propia creatividad y capacidad de crecimiento en el entorno. Aunque ha habido linces del pensamiento que advirtieron su poderosa influencia, como Diderot en su célebre paradoja del cómico, y aunque siempre hay genios artísticos como la actriz Thandie Newton en su celebérrimo discurso en TED, que denuncian e invitan a otro modo de conjcebir el yo múltiple y variable en nuestra vida, la inmensa mayoría de nuestros pensadores y filósofos cayeron como moscas en la melosa trampa del ego, no en vano, entre los intelectuales, este dispositivo estupefaciente hace verdaderos estragos. Tengo que decir para mi vergüenza que no he sentido mayor rubor que ante el ego desmesurado, ante la decadente vanidad y egoísmo, de un escritor o un reputado pensador.

Vivimos una inmensa civilización de Egos sin límite ni medida  que se hacen el mayor daño a sí mismos y a los demás, impidiéndose el fluir de la multiplicidad y la verdadera comunicación con el mundo. Pues bien, el culto al ego, que está tan profundamente inoculado en la racionalidad moderna, es el responsable también de la desmesurada atención a las emociones que mutila las mentes de nuestros adolescentes y agilipolla ahora también a nuestros niños sobre todo. El ego narcisista que se hace "selfies" y se mira en el espejo de las redes sociales es el especimen más claro de ser alienado. Sus emociones, ambiciones, codicias y fijaciones, una vez que se engrandecen y aumentan, son cadenas que impiden el desarrollo de la verdadera capacidad humana de transformación y crecimiento.  El ego emocional vive enamorado de sí mismo y con ello agregado al rebaño de los manejables y dóciles. Y en su forma colectiva, el culto al ego grupal en la familia o en el grupo de amigos o correligionarios, unidos por emociones exacerbadas, es uno de los dispositivos más eficaces para renunciar al pensamiento y a la libertad.

Decía hace muy poco Rafel Sánchez Ferlosio que los que somos de lágrima fácil conocemos muy bien la extrema superficialidad del mundo emocional. Nada más sabio que esto. El mundo emocional no es ni siquiera instintivo. Es un componente automático de la conducta que reacciona ante imágenes de manera inmediata, y que excitado con determinadas tácticas, va reduciendo la percepción de la realidad del individuo mediante las denominadas escaladas emocionales, lo que vulgarmente llamamos idas de olla. El problema de las emociones es que son idiotas, es decir, están ligadas a sí mismas, se autocondicionan y se autoalimentan con imágenes que fabrican y recrean siempre un estado hipnótico. Son autoengaños, y sobre todo, permiten la ilusión de completud porque van ligadas a pensamientos e imágenes automáticos. Son el medio más poderoso para dejar de pensar, para dejar de enjuiciar.Pero sobre todo, en una sociedad que lee poco, que piensa poco, que consume imágenes y que se retrata a sí misma mediante los teléfonos móviles y las cámaras web, es el caldo de cultivo para un mundo estúpidamente superficial, embelesado en sí mismo, que sin embargo no es consciente de que lo es, y que nos recuerda los mundos sentimentaloides de las sociedades más pacatas y atontadas de los tiempos pasados.

Cuando vemos en nuestras edulcoradas canciones, en nuestras películas de Disney, en nuestras literaturas o cine actual, que el Yo de uno mismo se convierte en el objetivo, acicate y fin de todos los recursos comunicativos,  y que las emociones con las que alimentarlo se agrandan, magnifican y convierten en el único suceso que percibe ese Yo, podemos dar por seguro de que nos están engañando. Nos están estafando en la vida. Nos están dando por profundidad lo que no es sino un trampantojo para lelos. Nos están cegando el pozo profundo de verdadero crecimiento, convirtiéndonos en los seres más imbéciles sobre la faz del planeta, esos que le dan a su propio ego, y a sus insignificantes espasmos, la mayor de las importancias.


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