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domingo, 3 de marzo de 2013

eL HOMBRE JUNTO A LAS GRANDES ALMAS (INSPIRACIÓN MAYA)

Cuando la vida nos lleva a poder contemplar culturas tan refinadas como la Maya, entramos en comunicación con el espejo más maravilloso de humanidad con el que pudiéramos orientarnos. Los mayas, que durante tres mil años permanecieron fieles a su gigantesco universo de presencias espirituales y en el que todos los vínculos se preservaban, nos hablan al oído, siglo tras siglo, milenio tras milenio, de un mundo de tal belleza y armonía que parece flotar fuera de la ley de la gravedad. Los altares mayas son auténticas naves elevadas en el cosmos natural, para transitar más allá de los límites humanos y hablar con la divinidad impulsados por su mejor palanca elevadora: las grandes almas, el mundo animal.



En la mentalidad del hombre maya, el universo es una inmensa tortuga, en el que un árbol sagrado de la vida hace de eje por el que se comunican los mundos y submundos, dominados por señores cuya acción secreta une y expone la fuerza y energía con la que actúan en la realidad.

A ser humano le acompañan en ese uniuverso almas gigantescas, dotadas de poder para señalar la fuerza del ritmo de la vida y para hacer que el ser humano se oriente en el extraño viaje de existir. Esas grandes almas son animales. Los animales como el jaguar, la serpiente, el guacamayo, están hablando al alma humana en la cultura maya, para que su lugar en la vida esté roeintado, y suba a lo alto. Ese cultivo es la cultura maya.
Los animales son grandes almas que acompañan nuestra existencia, Ellos tienen acceso a otros mundos de la realidad. Son iniciadores y con suavidad y dulzura muestran el camino a los hombres. Los mayas supieron ver esto.

Los animales, pero también otras sagradísimas presencias de la energía vital, como el maíz, la lluvia, el sol, la noche o la luna, son hermanos poderosos de nuestra experiencia en la tierra y sus metamorfosis abren el libro sagrado de la visión del mundo, pues en la ceguera humana y en nuestra incapacidad para ver más allá de lo puramente estático y aparente, ellos trazan el camino y guían nuestro viaje hacia lo alto, a ese lugar que inspira al mismo tiempo nuestro más elevado impulso y el sentido del final de todo. La serpiente que baja a la tierra, cuyo impulso es sin embargo alado, y que enlaza todos los planos, en un universo donde para comprender es necesario unir los duales opuestos, solamente puede ser un dios en una civilización que merezca ese nombre de verdad, en la que las grandes almas de la naturaleza sean escuchadas y tengan su lugar.

Nuestras sociedades del siglo XXI son una grotesca caricatura de lo que es una civilización o una cultura. Ver, junto a las hazañas que la naturaleza de paraíso de la tierra maya inspiró en estos espíritus orientados e inpulsados por las grandes almas del universo, esas enormes mierdas norteamericanas llenas de seres insulsos y fofos, ocupados en llenar su estómago y en llenar su cerebro de estupideces, es dramático. Y sin embargo, las grandes almas siguen con nosotros, acompañando nuestras vidas, porque ellos, los animales, las presencias que en este mundo provienen de distinta puerta, y nos hablan de lo importante porque traen mensajes al corazón, son inmortales y viajan por las formas de vida igual que en el mundo de los espíritus.

Allá afuera, en el entorno maya, la fuerza intacta que viaja con ellas sigue respetada por el mundo en su lento paso de tortuga.

Todavía hoy es posible caer en la red del gigantesco entramado de formas anímicas no humanas que los mayas urdieron a lo largo de tres mil años -tres mil- de refinamiento y empezar a ver, a escuchar, el misterioso vínculo de un ser, el del hombre, que halla en torno suyo todo un reino de fuerzas grandiosas,
 rendidas a su coronación en lo alto del templo vital.

Los templos mayas son las plataformas en las que más se ha levantado el hombre hacia la divinidad, ayudado por la tierra.

Por las grandes almas que nos acompañan en este mundo.

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