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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Milagro de navidad

 

Estos días, ver los resúmenes del año en forma de imágenes de la Humanidad resulta un perfecto vomitivo. Las fotos que recogen todas las tragedias humanas y no humanas que desarrollamos en este planeta son vergonzosas, completamente espeluznantes. El ser humano no ha evolucionado ni un ápice desde hace muchos milenios, es cruel, incapaz de conseguir su propia felicidad, incapaz de proteger a sus crías, ni garantizar su futuro. La inmensa población humana está constituida en su gran mayoría por hordas y familias de seres insaciables, egoístas hasta el tuétano, ambiciosos, crueles, depredadores de su propia especie, estúpidos y avarientos, simplones y cobardes. A esa masa de malos instintos y de bajos impulsos la pastorea un sistema que usa la gula y la envidia para generar su desarrollo y su control. No hay rincón donde uno mire, ni donde escape con la mirada, que no encuentre la mala fe, la falsedad o la frialdad como rasgo humano. Verdaderamente es para morirse, para dejar de creer en la vida.

No hay ninguna justificación para la esperanza: ninguna. El alma humana está asediada por la desesperación. Cuando con ojos de niño contemplamos el paisaje que la humanidad ha creado, vemos fealdad, vemos absurdo, vemos futilidad. Somos una mierda, literalmente, como especie y como logro vital del planeta. Una completa mierda.

Rilke decía que el ser humano, sin embargo, había nacido para celebrar. Él afirmaba “Sin embargo, yo celebro”. Yo celebro la vida, el milagro de estar vivo. Y así es. Lo único que retenemos hoy en día es la capacidad, por instantes tan solo, de salir de nuestra propia miseria y contemplar la olvidada sorpresa de estar vivo, como dijo Octavio Paz.

El milagro de existir, eso nace del más absoluto vacío. No tiene justificación, no tiene ninguna razón para darse en este mundo que hemos creado, pero todavía lo podemos sentir, inexplicable, y agradecerlo.  Es realmente algo ajeno a este mundo.

La vida es una bendición. Lo sentimos secretamente, y no sabemos cómo agradecerla. Es una bendición inmensa, gratuita, inconcebible, y su fuerza sigue levantándose a pesar de todo, en nuestro espíritu. No se puede razonar por qué, pero nos salva de este marasmo. No lo olvida ni lo absuelve.  Simplemente es diferente. Es, más allá de todo esto. El milagro está en que nada haría esperar que podamos todavía sentir esa bendición y celebrarla. Y en que, realmente, todavía este planeta sirve más a ese dominio del bien puro en el que se creó, que a nuestro sistema humano de mierda.

Y esto es lo que año a año, baja al mundo o sube desde él, en Navidad. Y realmente vuelve a nacer, se da de nuevo el obsequio de la vida al planeta, como si nada hubiera pasado. Esa especie de paz que está más en la noche del cielo que en el alma humana, más en el silencio de los bosques que en las mesas de nochebuena, más en el giro del solsticio invencible que en los relojes humanos, es lo que cada año, cada día, cada instante, deberíamos realmente celebrar.

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