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martes, 23 de diciembre de 2014

ZOÓTEOS


En los estudios de los símbolos, entre los grandes signos del centro, y en particular, entre los enantiodrómos, que son los símbolismos polares que expresan la unión de los contrarios, encontramos a menudo a los animales sagrados y a los dioses animales/humanos o antropo-zoomórficos, es decir, mitad hombres mitad animales, en estructuras e imágenes que son tan profundamente fundamentales en el alma humana que se mantienen siempre en el centro de gravedad de nuestra cultura.
Los símbolos, las imágenes fundamentales de toda cultura, expresan aquello que trasciende al hombre, lo sobrehumano, lo que está por encima del destino personal y sin embargo cada persona puede sentir y hacer suyo. Por eso el símbolo del dios animal, el dios compuesto por partes de diversos animales, o el dios animal/hombre, es un mándala, nudo o centro sagrado que expresa aquello que está por encima de la humanidad. Y de lo que nos habla es de aquellas ideas impensables que deben sin embargo regir al alma humana, más allá de su pensamiento y de su mismo corazón.
Los animalistas sentimos mucha atracción por estas imágenes, que encontramos, para nuestro consuelo y satisfacción, en múltiples formas cullturales. Zoóteos es el arquetipo que expresa el inmenso bien y el carácter divino de un animal. Pero a menudo, pensamos que los antiguos exageraban o eran infantiles en estas divinizaciones. No se nos ocurre pensar, y deberíamos, que los símbolos de dioses animales expresan exactamente lo que expresan: el caracter divino que el animal tiene, rotundamente, para la vida humana.
Hablamos de símbolos como el cordero cristiano, el gran jaguar maya, los dioses monos del sur de la India, las vacas sagradas,o el dios Ganesha mitad humano mitad elefante. Son animales sagrados las aves del cielo de los relatos bíblicos, la mula y el buey que Francisco de Asis incorporó a la escena de la catábasis humana cristiana que tiene lugar en el belén navideño. Son también, los dioses animales que nos traen los ciclos vitales, como la serpiente emplumada de México, la esfinge de Gizeh que comunica cielo y tierra en Egipto, la serpiente que enredada en un tronco, a solas o en pareja,  expresa el dominio de las oposiciones en el eje del mundo,  en la alquimia o en el mundo griego.  La lista es inmensa. Como símbolos de opuestos,  los zoóteos siempre anudan realidades dispares, inconciliables, que son trascendidas.
Los zoóteos son el mensaje que nos han dejado los antepasados para expresar animalismo y ecologísmo en la raíz de la esencia humana. Rotundamente nos transmiten un modo en el que los humanos podemos existir en el universo, y no ser solamente una fuerza anónima y brutal. Su mensaje es, sin embargo, desafiante y profundísimo. Tanto que muchos humanos no lo pueden pensar.
Hay zoóteos que muestran aisladamente el inmenso poder mediador del animal para el humano. En un característico aspecto de la expresión simbólica, aquello que es imposible pensar, es lo que nos conduce a crecer: el dios animal nos indica la via por la que la consciencia humana puede salvarse de su propia destrucción y del estancamiento.
Los animales y su expresión en las culturas tradicionales expresan y dan energía a lo que va más allá de la razón. Para llegar a pensar lo impensable, los animales son los grandes mediadores. A ellos les ha sido dado el poder de hacer crecer al individuo humano, porque ellos están sometidos a nuestro poder, y sin embargo, son superiores a nosotros. La complejidad de estas ideas se ha expresado mil veces en el simbolismo y sabiduría perenne de múltiples culturas.
Hay simbolismos animales que son la expresión de los opuestos conciliados en su propio carácter de híbridos humano/animales,  y que ayudan a entender la fusión psicológica, más allá de lo racional, que todos los animalistas sentimos al nacer nuestra consciencia hacia los animales. El animal Dios simboliza la identidad profunda,  la unión de lo que en el mundo terrestre está desunido, que solamente la inversión del pensamiento puede alcanzar. Indica, para el ser humano, un destino que incluye a todo el planeta, el destino que unifica al hombre con la tierra y sus habitantes, de manera solidaria, en el reconocimiento del carácter sagrado de las formas de vida, de una manera objetiva, general.
Los animales dioses que en las fiestas humanas aparecen conduciendo mansamente los regalos hasta la humanidad, presentándose asombrosos en la vida humana, están llamando, desde lo más profundo de nuestra psique, al siguiente paso en el crecimiento de la humanidad en el planeta. Ese paso es aquel en el que el hombre deja de considerar al animal un objeto pasivo, un enemigo, o un ser opuesto y diverso a él mismo, para empezar a entender el común destino que nos une.
Algunos creadores y artistas, que son los más en sintonía con estas complejas realidades, han llegado a captar la profundidad de la presencia de los símbolos zoóteos en nuestra civilización, sea cual fuere. Pero muchos estudiosos, desorientados, dan una imagen utilitarista de esos símbolos, considerando que son algo así como burdos talismanes o fetiches de magia asociativa. Nada más lejos de la expresión artística del zoóteos, que es un símbolo pragmático, pero sobre todo pragmático para la mente humana: nos señala allí donde con ella no podemos alcanzar: a la forma como los contrarios vitales pueden llegar a unirse milagrosamente en una alianza  que genere una nueva Tierra, una nueva consciencia. Una cosa necesariamente nace con la otra. Esto expresan estos extraños síbolos sagrados.
Cuando vemos símbolos de animales y hombres unidos, opuestos enigmáticos que están haciendo ante nosotros la demostración de la via que hay que seguir, debemos recordar que desbloquean una energía profunda, conectada con nuestro más profundo ser, y nos señalan el camino por el que podemos dejar de ser demasiado humanos para llegar al verdadero destino que es nuestra dignidad más honda: la de protectores, guardianes y amantes de las formas de vida animal del planeta,  ésas que son  más sagradas que la propia humanidad.

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