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domingo, 31 de julio de 2016

CULTURA



Con la edad uno va aprendiendo a refinar lo que constituyen verdades y lo que no es sino vaguedad, ideas infatuadas y vacías o confusiones en los conceptos. Y uno de los conceptos sometidos a las más terribles deformaciones es el concepto de cultura.

Como decía Gustavo Bueno recientemente la cultura se convirtió en un concepto tan amplio y general que se aplicaba a todo, pasando a ser una basura conceptual. En parte por la ignorancia generalizada, en parte por la pedantería de antropólogos o sociólogos y por supuesto por la manipulación política, cultura viene siendo cualquier cosa específica. Cualquier gesto, signo u objeto se considera culto. Un asesinato es un fenómeno cultural. Un garabato horrendo de un artista es un impacto cultural. Hay culturas de consumo, de guerra, culturas sexuales, culturas de la incultura. Es decir, la idea de cultura está completamente relativizada y vaciada de contenido. Se ha quedado al servicio de cualquier manejo político, de cualquier ideología interesada. Y en su nombre se cometen los peores crímenes contra animales, naturaleza, seres vivos de todo tipo. Se ha convertido en Bien Cultural un asesinato, y en nombre de una Cultura se emprenden guerras terroristas o temibles torturas.

ES evidente que la cultura auténtica no puede haberse convertido en una idea tan nimia e insignificante como para disfrazar la crueldad o para justificar el poder y la violencia. Ni menos aún para dar importancia a lo estúpido o para especular en el mercado de lo indefinido.

Pero ¿qué es una cultura en realidad? Spengler decía que una cultura es la energía morfogenética religiosa, es decir, la energía que en la relación con la tierra y el espíritu que nos rodea genera formas. Es probablemente la definición más profunda de cultura. Como fenómeno orgánico y vivo, una cultura hereda de su relación con la tierra y la naturaleza su carácter vivo, evoluciona. Y por ello, puede refinarse, desarrollarse, y decaer o morir.

No se ha desarrollado más esta idea de Spengler como debería hacerse. Quien más lejos llegó fue Campbell al mostrar que las verdaderas culturas son sincréticas y adoptan, refinan y pulen sus herencias previas de formas generando el estilo. Y señaló claramente dos ejemplos, la cultura egipcia y la cultura griega. Y con toda sinceridad, afirmaba que la civilización romana o la hebrea no refinaron ni desarrollaron herencia cultural alguna, limitándose a cercenar y mutilar las anteriores que habían confluido con ellas.

En los dos casos, el griego y el egipcio, tenemos dos fenómenos culturales propiamente dichos: Si entendemos por cultura aquello que cultiva las formas recibidas hasta consumarlas, claro. No las simples expresiones humanas. Hoy en día se considera cualquier indicio humano como hecho cultural. Y eso nos lleva a vaciar de moral, de principios éticos, las culturas. 

La cultura griega heredó las formas expresivas, el arte y las manifestaciones espirituales de Oriente Medio, de las civilizaciones sirias y asirias, de Mesopotamia y de Persia. Con ellas, y con las formas llegadas de Egipto y el sur del Mediterráneo, sintetizó en desarrollo paulatino una fabulosa constelación cultural que en su consumarse fue depurando las formas hasta llegar a la rotundidad cultural más rica que ha dado la humanidad, probablemente. Por su versatilidad y variedad de expresiones en campos distintos, de la ciencia al arte y de la religión a la agricultura, y sobre todo, como indica Campbell, por su apertura a las formas culturales externas que sincretizó en su modo de vivir. Junto con la primera cultura islámica, y junto con la cultura hindú, estas tres culturas fueron capaces de absorber las formas espirituales en derredor suyo fusionando y desarrollando sus estilos hasta alcanzar mayor depuración artística que en ningún otro lugar del mundo. 

El Islam en sus primeros siglos tiene la altísima calidad cultural de la que estamos hablando: fue capaz de abrirse a las formas griegas y hebreas, a las aportaciones del Mediterráneo, y de conjugar con ellas una sintesis cultural que encontramos por ejemplo en la obra de Ibn Arabí de Murcia, del siglo XIII, prodigio literario de enorme color y belleza, que muestra el estilo sufí de religiosidad abierta y refinada a la vez que cosmopolita y ricamente creativa. Es la misma cultura que generó los cuentos derviches o los cuentos de Las Mil y Una Noches. La misma que, sublimándose, en las formas paisajísticas y arquitectónicas produjo Granada o Córdoba y en las formas agrarias el regadío murciano. 

Esta cultura no pudo llegar a ese nivel de desarrollo sin haber sido inseminada por las culturas previas a las que abrió su inteligencia social. Como le ocurrió a la cultura griega, igualmente. Cuando los griegos, como estudia Campbell, integran formas de divinidades dispares en un santuario múltiple en el que los dioses son la expresión de la gracia formativa en este mundo, no les importó si esas divinidades procedían de mitos, cultos o epopeyas de una u otra parte del Mediterráneo, siempre que trajeran consigo energía morfogenética religadora, siempre que pudieran a los hombres y mujeres en relación con el entorno o con la consciencia del universo. 

Si cultura es el producto de esas sublimaciones y solamente debemos entender por culto aquel individuo o grupo que, recibiendo una herencia cultural, la desarrolla y refina generando una planta, una floración de formas depuradas en su belleza y plenitud, entonces vemos muy muy reducida la lista de las culturas humanas, y mucho más pequeña aún la lista de los artefactos culturales humanos.

Porque lo que hoy se entiende, considera y estudia como culto a menudo es chusco. ES burda imitación. Es un regurgito orgánico sin más. Muchas culturas son simples huellas orgánicas. Y en muchos sitios la cultura ha muerto, desgraciadamente. Probablemente el modo de vida del norteamericano medio sea el ejemplo más palmario de incultura y barbarie en el que miles y miles de individuos comen, beben, defecan, se reproducen, sin ningún tipo de crecimiento cultural. Ahí no hay herencia recibida ni desarrollo, ni fineza perceptiva ni conexión con el cosmos. No digamos en la cultura involucionada y muerta por estrangulamiento de los grupos islámicos extremos. NO queda ni rastro de la planta generada por los sufíes: cualquier parecido con los antecesores es pura coincidencia, porque esos grupos han matado su impulso de rica imaginación cosmopolita, de rica hibridación con las culturas hermanas, generando una supuesta cultura a partir de la idolatría mostruosa a unos instintos de caza convertidos en religión. 

Cuando una cultura está viva conserva la capacidad de hibridación y de síntesis creativa. Es lo que le ocurrió a la cultura griega cuando, en contacto con las formas del naciente cristianismo, sintetizó una religión nueva que tiene muchísimo del viejo culto mistérico y que en una fecunda genialidad supo absorber las formas cristianas generando la tierna fe ortodoxa que ha llegado viva hasta nuestros días, y que manifestó su capacidad y utilidad en la resistencia de los griegos a las diferentes ocupaciones turcas durante siglos y siglos. La misma cultura sigue viva hoy en día, y su prueba más clara está en cómo los griegos han acogido a los sirios y la blandura y capacidad de adaptación que han demostrado ante las circunstancias de ese éxodo. Los que han llegado de los pueblos de Oriente Medio hasta Atenas pisan una tierra capaz todavía de aceptar compasivamente al otro, y de generar con él dioses comunes.

¿Qué dioses comunes puede generar hoy USA en contacto con ningun pueblo? ¿    Cuál es el producto, el indicio, del refinamiento de la cultura islámica extremista hoy? Si aceptamos la idea de cultura que aquí estamos indicando, eso no son culturas: son pueblos bárbaros, gentes invasoras que no pueden acceder a la cultura. Son cazadores y guerreros que se oponen a los cultivadores y pastores que son los que generaron las formas culturales.Así de drástica es la realidad. Solamente debemos considerar culto al que cultiva: al que teje la paz por encima de los instintos, al que cambia la oposición frontal por la síntesis creativa, al que se abre a otras culturas y las entiende. Al que convive con sus animales y sus semillas.

Si deseamos poner algun siglo de éstos una verdadera barrera entre lo que es educar y ser culto y lo que es un disfraz para la barbarie, o para la estulticia, debemos limpiar el concepto de cultura de toda esa basura conceptual en la que se le ha ido envolviendo.

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