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sábado, 23 de julio de 2016

LIBERTAD



Hace unos años escribí un libro de poemas titulado 40 Poemas a la Libertad y siempre me parece un libro inacabado porque el sentimiento de la libertad y su regalo, como emoción poética, vuelven constantemente a mi vida y reabren el tema de ese libro.

La sensación y la percepción de la libertad me parecen el bien más fundamental al que podemos llegar con el alma humana. La libertad está en el origen de nuestra felicidad: esa entrega de libertad en el espacio y el en tiempo, en el amor y en las condiciones físicas, que nos llega repentinamente y cuando menos la esperamos, y empapa el alma de una felicidad  profunda y absoluta. 

La libertad siempre es concreta. No es un valor abstracto: sentimos que se nos da libertad cuando en una situación esclava o condicionada podemos ver cómo se levantan las restricciones inesperadamente. Es, por ejemplo, un poco de tiempo que se suelta de la opresión de su estructura, o un poco de amor que surge voluntaria e intempestivamente a un ser o a alguna situación que no era deseada, o la simple decisión de caminar o no caminar un paso o de levantar la mirada, cuando con plena consciencia sentimos que podríamos no hacerlo. La libertad siempre está ligada a un regalo concreto, a algo que queda relajado, libertado o aflojado de su habitual esclavitud. Lo sorprendente es que la libertad es la misma estructura molecular de la vida.

Nuestra existencia misma no parece dibujada en libertad y constantemente se nos dice o pensamos que estamos condicionados, aprisionados o condenados en nuestra existencia a situaciones y circunstancias inevitables. La vida parece una broma pesada en la que dentro de escenarios y espacios limitados tenemos que bailar una danza, una pantomima de la voluntad y la decisión. El límite de la vida, las enfermedades, la esclavitud de algunos trabajos, las condiciones económicas, todo son barrotes que cierran la vida humana a la libertad. Ni siquiera el nacimiento es voluntario. ESto nos dice la razón, el pensamiento, la percepción superficial. Y esta esclavitud es la que lleva a muchos a la ansiedad y la infelicidad total.

Sin embargo en el tejido celular de la vida hay una cesión de libertad que es la que convierte nuestra existencia en una aventura inigualable. Es tan sutil el entramado de la libertad en nuestras condiciones de vida que es fácil no notarlo y a menudo pasa desapercibido. Porque como la libertad está unida a lo concreto, son cosas reales, difícilmente podemos notarla si estamos pensando o razonando sobre la estructura general de la existencia. La libertad es un don constante que uno recibe como extensión de un instante a otro instante, como amplitud o anchura que se abre en indeterminación a cada horizonte, a cada situación. En la aceptación de la vida hay libertad profunda. Y eso es algo que los metafísicos, los místicos, han sabido. 

La libertad es la escritura de lo real. Es el inmenso poder otorgado mediante la clemencia, o mediante el amor, la amistad, la benevolencia, la alegría, la hermandad, de que algo prosiga, de que algo se expanda. Y esa expansión libre es en sí ilimitada, como si su generoso regalo valiera una eternidad por sí mismo. Esta es la verdadera estructura de la existencia, y no la de los límites de una jaula.

Cada ladrillo de una vida está hecho de libertad. Una libertad a menudo infinitesimal, la que se genera, por ejemplo, cuando dejamos que algo pase o cuando levantamos nuestra oposición ante alguien o algo. El alivio del corazón que de repente acepta o percibe la libertad es una energía purificadora de enorme poder. ES como si el pájaro del alma extendiera sus alas para poder quererlo todo, para poder amar sin límites. Y para que se produzca la liberación a veces basta una muy pequeña alegría regalada.  Misteriosamente, uno alcanza la libertad mediante las cesiones y concesiones, que la vida nos da desde el instante mismo en que nacemos.

El origen de las creaciones humanas está en el impulso de sentir la libertad. ES ante el espacio vacío, ante el tiempo indefinido, que la libertad regala, como el artista o el creador desencadenan a su pájaro volador para que extienda las alas de un vuelo nuevo. la estética no valdría nada si no estuviera fundada en la libertad, si no fuera la demostración de la libertad misma. Pero lo mismo ocurre con casi todos los valores humanos. La inteligencia no es otra cosa que el permiso para pensar. Y no una facultad única ni un órgano especial, sino el resultado de ocupar el libre campo en la mente que queda tras ver que es posible desarrollar cada percepción en reflexión y cada reflexión en nuevas percepciones, en un libérrimo viaje. El valor humano surge de sentir ese espacio para rechazar la opresión, y los grandes luchadores del mundo lo han sido impulsados por su libertad de espíritu y por su capacidad para sentir la libertad en la esencia y el futuro de la vida.

La libertad convierte al ser humano en nativo de un mundo nuevo, en dueño de su propio destino. Por eso muchos países han fundado su nacionalismo en la idea de ser patrias de la libertad, o en declaraciones de libertad e independencia. La fuerza de arraigo que paradójicamente la libertad genera es la que hace a estos países, que serán casi todos, más duraderos en su resistencia a las situaciones duras o al desgaste de sus valores fundamentales. En tanto el ladrillo fundamental con el que construyen sea el espacio de libertad para cada situación, para cada condición de la existencia, ese edificio resistirá siglos y siglos.

Es posible sentir la libertad como una inmensa masa que se levanta en un simple cambio de pequeñas circunstancias o de datos. Como si cayera de nuestros ojos una pesada venda que, ante la liberación de un músculo, de una obligación o de una preocupación, nos permite levantar la mirada y percibir una maravilla que nos rodea. Esa maravilla, la opulenta estructura de lo real, es la eternidad libre misma. La forma de lo eterno es esa sensación, esa visión de libertad que sentimos hasta la médula y que nos mueve, mueve nuestros huesos, músculos, ideas. No es posible renunciar a ella una vez que se ha sentido, una vez que se ha visto, al caer la venda, al levantarse de nuestro espíritu la pesada losa de la mentira y la preocupación. Una vez que uno es ciudadano de la Libertad, no puede tener ya otra patria, ni otra meta, que ella, 

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