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viernes, 16 de octubre de 2009

ALBERT VIDAL. HISTORIA DE JUAN, HIJO DE UN OSO, EN LA ABADÍA









Ayer estuve viendo la obra de Albert Vidal "Historia de Juan, hijo de un oso", en La Abadía. Ya sabéis que ese teatro siempre ofrece calidad, nunca decepciona. En este caso, mereció también la pena, y el espectáculo suscita comentarios desde mi punto de vista.


Albert Vidal es un cómico arquetípico de la escena española. Es una persona dotada de una capacidad histriónica única. Proyecta una voz increíble. Su rostro es una auténtica máscara que utiliza con maestría total, dotada de autonomía. El cuerpo de este actor, ya maduro, es pura expresión. Me recuerda, en escena, a un Fernán Gómez, o a un Ismael Merlo. Pero también parece un actor de Kabuki, o un Onagata. Utiliza la sonrisa etrusca, enigmática, de las máscaras arcáicas teatrales. Usa el mimo, la postura inmóvil de la estatuaria clásica, el canto difónico. Enfin, todo.


También se parece a estos histriones en el desarrollo egóico, que diría Jung. Como otros cómicos hispanos, y europeos o ingleses, rinde culto también a su ego. Ya sabéis que los actores, por problemas coyunturales de proyección, pueden llegar a la egomanía fácilmente: acostumbrados a trabajar con las formas de su ego, como herramientas de expresión, terminan por recurrir solamente a ellas, y el espectáculo son ellos mismos: esto le pasa a Albert Vidal, como le pasaba a tantos y tantos artistas de la escena, siempre.


Daría para escribir un tratado, el cómo los actores pueden quedarse hueros por dentro con tanta proyección egóica que producen. Y quizás hasta podríamos explicar el por qué del bajísimo nivel de nuestros cómicos cinematográficos, a los que se les sigue rindiendo un desaforado culto a pesar de que sean enanos mentales o interpretativos. (y pienso en las carreras de actores y directores jóvenes tan hinchadas y sobrealabadas como las palomitas de maíz: Penélope Cruz, Amenábar, etc...)


Hay histriones egocéntricos en los teatros, de todos los niveles: el más bajo es el hombre orquesta o el teatro circo de Manolita Chen, por decir así, en el que el cómico hace todo, controla todo, es empresa y actor, se lleva todo el dinero, y queda limitado a su propio vuelo cultural, que suele no ser alto. Pienso en el estilo de Lina Morgan, por ejemplo.

Y hay histriones ególatras de alto vuelo, como Vidal. Aquí el gran ego del actor resuena con conocimientos culturales, es capaz de utilizar su capacidad con ambiciones casi antropológicas: rescatar el cuento popular, o el folclore de los romances de Juan Sin Miedo o de los cuentos de enanos, bosques y genios del mal.



El género que nos muestra Albert Vidal en esta obra es, eso sí, menor: se trata del cuento popular más vulgarcito, no del cuento maravilloso de valor mitológico o simbólico. Vidal acentúa los aspectos truculentos, populacheros, de sus relatos corporales, quizás pensando que esto va mejor con el gusto moderno por el gore o los efectos especiales del cine de impacto total. Y, puede que, algo embelesado por el papanatismo de la antropología -que ha hecho estragos en los actores y en los estudiosos de los últimos lustros- sobrestime el valor del cuento y la canción populares. A ver si conseguimos, de una vez, centrarnos en lo que es el arte, coño. Con tanto engañifo se vuelve uno loco.


El arte no puede ser egóico, porque es un sistema de comunicación, y la comunicación y el yo se repelen. El gran actor no puede ser un ególatra: si es así, será un artista frustrado. Ya hemos repetido en este blog tropocientasmil veces que el arte tiene que ser heterónomo, y toda reducción a la autoría y la expresión personal, es una LACRA. Cuando se cae en ella, se sobre-estiman aspectos menores de la expresión, y de lo que uno expresa. Y eso quizás le pasa un poco a este actor.

Entonces, prefiero a grandes talentos, histriones que, como el mismo José Luis GóMEZ, ponen todo su inmenso genio al servicio completo de ideas, valores, equipos, entornos. Y aún cuando hagan un monólogo, siempre aplaudimos a mucho más que a su ego. No están esculpiendo su propia efigie con su carrera, sino haciendo algo por nosotros. Ésa es la diferencia. Se nota hasta en el tono diverso de los aplausos que reciben. Los primeros son de arrobo y embeleso, los segundos, agradecidos y más pensados.



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