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martes, 5 de febrero de 2013

EGOISMO E INCOMPETENCIA. UN CASO ESPAÑOL: ENSEÑANZA Y POLÍTICA

Pensándolo bien, si una analiza las causas últimas de los males humanos, de las recesiones y del malestar en muchos planos de la vida, se encuentra siempre, como motor primero, el egoísmo de los seres humanos. El egoísmo es la primera causa de la estupidez humana.  El egoísmo es la causa de la nefasta calidad de la educación en España, por ejemplo. Me diréis que es extraño el razonamiento. Sin embargo, cuantos más años pasan, más claro veo que la cortedad de miras de los egoístas que, en todas las clases y perfiles, atacan al sistema educativo, es la causa de su desastre en nuestro país.

Hay niveles de actividad humana que son más altos y elevados, que están por encima de los instintos más primarios. Para alcanzarlos, y para producir resultados en ellos, necesariamente hay que dejar atrás el egoísmo. Es decir, no se puede llegar a tener la visión adecuada para producir conocimiento o innovación, o para satisfacer necesidades de autorrealización, o para alcanzar la armonía con el entorno, por ejemplo, si al mismo tiempo, como un ser bifronte, el individuo que quiere alcanzar ese nivel de desarrollo está mirando su interés personal. Semejante estrabismo produce siempre el error de percepción, y la catástrofe, o sea, el descenso a niveles primarios de realización y de  vida social. Ya decía Jesucristo que no se puede servir a dos amos a la vez. En este caso es más que evidente. Los egoístas, precisamente cuando se salen con la suya, arruinan todo el proceso de elevación humana, en estos niveles superiores de vida.

Esto es clarísimo en el mundo de la educación, pero también, en el del servicio social de la política, o en cualquiera de las profesiones en las que la vocación y la motivación intrínseca es la clave para alcanzar la excelencia. Hay objetivos, actividades y formas de colaboración que solamente la persona con pureza de intenciones puede captar y producir. Una energía distinta marca las palabras del que está pensando en cómo favorecerse a sí mismo, de quien piensa en ayudar, sencillamente.

Como saben bien los psicólogos, el ser humano solamente alcanza la realización total cuando deja atrás el egoísmo individual y empieza a disfrutar en la piel de los demás, ofreciendo su trabajo para el bien común, o para la especie, o para hacer simplemente crecer la felicidad en este mundo. Semejante capacidad es la capacidad germinal y creadora, la de los que nutren y hacen crecer al mundo. Al egoísta está función le está vedada, y solamente quiere a los demás en tanto le hacer quererse más a sí mismo, o cuida de los suyos por oposición a los demás. Tales mentalidades son infértiles en los terrenos educativos, sociales, filosóficos, ambientales. necesariamente agotan y esterilizan los campos donde se imponen.

España, queridos míos, está en el hoyo en el que está, porque ha criado y apacienta a millones de seres egoístas, es decir,  de gente miope para las funciones más altas del desarrollo humano. El egoísta siempre mira por lo suyo, y por tanto, no ve más allá de sus narices. El ministro de educación egoísta destroza la ley educativa para favorecer a su partido y a su ideología. El siguiente funcionario educativo egoísta utiliza toda su inteligencia para hacer la menor tarea posible y gastar solamente en su interés personal. El papá del colegio quiere que su hijo torpón mejore si él puede presionar al profesor para que baje el nivel educativo. El que vende paraguas quiere que una escuela le compre los paraguas, y será capaz de asesinar a quien se interponga en su proyecto anti-lluvia. Un cúmulo de egoístas, de los políticos a los funcionarios, pasando por los competitivos  papás, todos interesados exclusivamente en lo suyo, tiran para su lado, desgarrando la sábana educativa siglo tras siglo en España. Este es un país de intereses personales que ha destrozado el bien común. Justo castigo es ahora ver el producto de una filosofía de vida tal.

Pero lo mismo pasa en todas las otras secciones de nuestra vida social. La política es otro ejemplo de hasta qué punto los egoísmos e intereses han putrefactado la democracia hasta la descomposición total. No se trata de criminales, no se trata de maquiavelos: son simplemente seres que se han metido en la política para ganar lo suyo, para torcer por lo suyo, para amañar lo suyo. El ideal del servicio público es simplemente una máscara tras la que todos han escondido su egoísmo. Y entre tantos millones de interesados, entre tantos listillos, los objetivos de desarrollo, de igualdad, de bien social común, han quedado fuera del horizonte, son mentiras sociales, son entelequias.

España se ha llenado de egoístas por todas partes: ése ha sido nuestro avance, lo que la generación actual aportó a la sociedad.  La ausencia total de una ética del bien común se convirtió en el motor económico del desarrollo. La competitividad oculta, la trepa, utilizó todo el aparato público para su beneficio. Lógicamente, el egoísmo produce el aislamiento del individuo, su ceguera total para el bien común, y por tanto, se queda sin energía para las causas altas. España es un país de zotes ambiciosos, de impostores corrompidos, de bestias pardas que consideran que eso es la fuerza o la potencia constructiva. Y precisamente, del egoísmo uno no puede esperar nada: impotencia, cortedad del impulso, incivismo, catetez. Pero sobre todo, es como la humedad que corrompe la sal de la tierra. Su invasión deja completamente yermo el terreno del desarrollo real.

La única solución a este panorama no es otra que abrir camino al altruísmo, cuando por un milagro aparece por alguna parte: la gente que hace las cosas por el bien común, los grupos humanos donde se habla por el bien de todos, las personas que dan servicios públicos de manera generosa y esforzada, sin mirar por lo suyo. Esos milagros humanos son los que realmente mueven la rueda del progreso, no os engañéis: la gente realmente desinteresada y buena, a la que los egoístas jamás dejan hablar, los que se inhiben o se callan por no molestar, por no incomodar. Hay muchos millones de personas en España que son así. La gran batalla está en defender de las agresiones egoístas a los corazones entregados que son capaces de trabajar por el país. Y sobre todo, en no ceder ni un centímetro de  terreno a los que invaden lo público con su mezquino y maligno interés personal.

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