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domingo, 18 de agosto de 2013

INSTRUMENTO Y HOMBRE


Diderot, el pensador francés, describió en su célebre paradoja una de las grandes leyes de la sensibilidad, cuando hizo notar que un ciego siente la punta de su bastón como si fueran sus propios dedos, pero al precio de dejar de sentir empuñando el bastón, su propia mano. La paradoja de Diderot ha sido objeto de muchos comentarios y reflexiones, porque tiene muchísimo contenido.

Es una ley de la sensibilidad humana el que pueda "extenderse", como decimos en teoría de comunicación, adoptando la curiosa proyección perceptiva que nos hace "sentir" los instrumentos y medios que adosamos a nuestro cuerpo y a nuestras vidas. Así, como el ciego de Diderot, sentimos las ruedas de nuestro coche al conducirlo e incluso podemos sentir la textura del firme que vamos transitando, aunque como en la paradoja del francés, esa sensación requiere que dejemos de caminar para sentarnos en el interior del coche. Podemos sentir múltiples instrumentos pero siempre y cuando con ello apliquemos también la ley de la atrofia o de la narcosis macluhaniana: toda extensión sensible conlleva una atrofia de otra sensibilidad o sentido: ver la tele nos trasporta lejos, a cambio de inmovilizarnos en un salón; el cine nos da una psicología de gigantes pero nos ata a una butaca a oscuras, un ordenador con fibra óptica nos permite interactuar con alguien de Oklahoma en tiempo real, pero siempre que prometamos quedarnos encerrados en nuestro cuarto o que nos aislemos del mundo mirando una pantallita de plástico...

Otra forma de la paradoja de Diderot se manifiesta si invertimos los términos y consideramos, como decía Cortázar en su célebre texto "Instrucciones para dar cuerda al reloj" en sus Cronopios y Famas, ( "cuando te regalan un reloj, tú eres el regalado..."): el caso en el que el hombre es el instrumento y el instrumento es en realidad quien domina. Se aplica la paradoja a todos aquellos casos en que los hombres o las mujeres somos medios, actores, intérpretes o agentes de una fuerza superior a nosotros mismos. En este caso, la fuerza del vínculo sensible hace que el hombre se sienta poseído por una energía para la que media. Diderot decía que el actor debe sucumbir a ese proceso poniéndose en manos de esa proyección y permitiendo que la extensión culmine en la sensibilidad generada en el público. Su idea fue perfeccionada por otro francés unos siglos más adelante, Louis Jouvet, quien creo toda una teoría del "actor desencarnado", que adopta empáticamente el papel que interpreta.

Pero en este proceso aparece una segunda paradójica situación: ese hombre en el que se produce esta fusión sensible tan poderosa puede llegar a creer que él es el origen, el surtidor, el dueño de esa fuerza. Pensemos en la vanidad inmensa de algunos artistas. Los actores, por ejemplo, o determinados intérpretes de música, pueden verse gravemente afectados por la ley de Diderot: creyéndose investidos, por ejemplo, de la grandeza que transmiten con su voz, o con sus instrumentos, y que no es suya. Es el caso, por ejemplo, de los actores, que confunden en muchos casos el aplauso final al conjunto de la obra de arte que ellos interpretan y de la que son instrumentos, con el aplauso a su yo, a su ego.

La tragedia llega cuando se deshace esa extensión y el actor o artista deja de encarnar a un personaje de Shakespeare, o de Calderón, por muy genial que el intérprete en su aportación sea. Vuelve a ser un material instrumento sin palanca que lo eleve a los celestiales aplausos de la gloria, y eso es muy difícil de llevar. A esta forma de la paradoja se la llama también el síndrome del juguete roto: cuántos seres aclamados por las masas, adorados en el mundo, han muerto extenuados persiguiendo una entelequia, la de conservar, mantener o poseer la energía que una vez les ha levantado al estrellato...cuando se ha equivocado la vanidad y ha entendido que  esa mágica fusión era exclusivamente obra de un ego, entonces la cadena de errores es enorme, y se deja de sentir la naturaleza de meros medios, de meras marionetas, que todos debemos de tener siempre presente...Recordar que somos la punta de un bastón, o quizás, la mano adormecida que lo guía.

Finalmente, hombre e instrumento constituyen una unidad mágica, que puede efectivamente, mediante la fusión del espíritu artístico, operar maravillas, una vez que el hombre asume un instrumento y acepta hablar mediante él -o pintar, o hacer música, o hacer versos-, utilizando cualquier medio material para que éste insufle de energía al propio artista y lo convierta, paradójicamente, en instrumento suyo... El equilibrio de opuestos que debe reinar en esta misteriosa ley de la sensibilidad exige que el artista tenga humildad intelectual para trabajar mediante las manos, la tierra, la materia, el vil soporte, y también, que recuerde que él mismo es un mero instrumento, mero medio, mero soporte para una energía que lo supera, que es la del creador superior, llámese Shakespeare, Naturaleza, Dios, Prana, Chi...cuando eso ocurre, la paradoja de Diderot se resuelve en un plano superior, en el que hombre e instrumento se ayudan a superar los propios límites y generan una entidad superior, en la que no hay yo, ni ego, sino algo trascendente formado por la negación del ego y su fusión con el entorno y con el tiempo eterno.
 

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