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jueves, 5 de diciembre de 2013

SER ARTISTA DE LA INTELIGENCIA

 

Cuando nuestra civilización occidental separó de manera brutal la materia y el espíritu, y comenzó a desarrollar ambas cosas de manera fría y distante, en la inteligencia racional, por un lado, y en la tecnología e industria, por otro, se perdió la posibilidad de entender que la inteligencia es en realidad una capacidad que está muy relacionada con el arte.

Atenea y Hefesto, los dioses de la inteligencia y la artesanía, respectivamente, estaban unidos en la conciencia mítica griega: Píndaro comenta que Hefesto abrió la cabeza de Zeus con su hacha minoica de doble hoja, el labrys, y que Atenea saltó de la cabeza. Atenea era la inteligencia de Dios, y Hefesto, el hijo del fuego, de la combustión material. Ambos estaban unidos y de la manipulación material en las obras y artesanías surgía la inteligencia.  Toda técnica era para los griegos un arte: las manipulaciones de herramientas, de la materia en definitiva,  siempre unidas al arte, generaban la inteligencia.Pero Atenea rechazó a Hefesto cuando éste le propuso matrimonio.  La mente inmaterial, su altivez, hizo que la humilde condición del herrero fuera despreciada.

Como nos relata este mito, nuestra cultura decidió que lo material y la inteligencia pertenecían a mundos dispares, y que la inteligencia era algo así como una facultad genérica otorgada al hombre en exclusiva (ja!) que elevaba al hombre o la mujer por encima de la materia o del cuerpo. Esto tuvo muchísimas consecuencias, por ejemplo, que el materialismo más gélido se convirtiera en el criterio de progreso humano, o para nosotros más interesante aquí, que se olvidara que la inteligencia es sobre todo, una obra de arte material, un proceso de generación de formas en curso, cuyo objetivo final es su propia armonía de desarrollo, y sobre todo, la concreción creada, lo puramente artesano.

Solamente algunos grandes autores han llegado a sospechar que la inteligencia no es otra cosa que la posibilidad de hacer de la vida propia una obra de arte. Sin embargo, el desarrollo de la inteligencia, y su máximo florecimiento, la creatividad, muestran constantemente que cuando hay alguien muy inteligente termina por pasar de la propia inteligencia y ponerse a crear cosas con las manos, como decía  y hacía Carl Jung.

Y efectivamente, los grandes gigantes en todos los campos del desarrollo humano son artistas de la inteligencia: son personas para las que lo importante no es el aumento cuantitativo del conocimiento, ni siquiera la demostración de su potencia para calcular, para adivinar, para construir lógicas. La inteligencia a pleno rendimiento se convierte en su propia creación, expandiéndose como una obra de arte en múltiples sentidos y direcciones, con el fin último de ser su propia obra maestra alcanzando y desarrollándose en múltiples planos de acción directa.

Y es algo que los estudiantes deberían poder rozar: ser inteligente no es cumplir el expediente de comprender las cosas, ni concentrarse en un campo para sobresalir con las mejores informaciones, con lo más brillante en dicho sector. Ser inteligente es fundamentalmente una entrega al desarrollo múltiple de la inteligencia en diversas obras y áreas, hacerse multi-instrumentista de diversas herramientas y orquestar o combinar éstas permitiendo que cada nueva situación, cada nueva aportación vital, genere su propio resultado reflejado en la mente pensante, y ejecutado en ella y a través de ella.

Lo que quiero decir es que el concepto de artista debe dominar nuestra idea de ser inteligente, aportándole profundidad y al tiempo humildad. Ser realmente inteligente no es ser excelente en algo: es ponerse a la obra de las síntesis y eclosiones creativas que la inteligencia produce, convirtiendo el propio desarrollo intelectual en una obra de arte en contacto con todas las situaciones. Es embarrarse en la multidisciplinariedad porque la realidad es siempre híbrida, ,variada, espúrea.  Es agotar los medios disponibles con esfuerzo artístico, con el fin de generar algo bello en la mente, en forma de una teoría, o una obra, o un proyecto, o una plataforma.

Con ello quizás nos acerquemos a esa unión de polos necesaria, entre nuestra mente y el mundo, que nos impide realmente ser inteligentes de verdad. Ahora mismo tenemos un estúpido y aislado concepto de la inteligencia y de la lucidez, y también, un superficial concepto del arte, que incluso algunos consideran sin significado ni lógica. El día que entendamos que el desarrollo mental es una obra de arte que la vida exige, y que esa obra de arte, como en un espejo ustorio, genera una obra de arte material, en forma de realizaciones creativas, habremos aprendido algo de lo que es ser un artista de la inteligencia. Hasta entonces, seguiremos envaneciéndonos de una capacidad aislada y deformada, que en vez de unirnos, nos separa del mundo y de la obra en curso que es.

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