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martes, 1 de agosto de 2017

CIENCIA BASURA

Cuando se leen en estos días contribuciones académicas y científicas de muy distintos sectores, y se adentra uno en el aparataje sustentatorio de un discurso o tema científico actual, en la mente del lector intuitivo sobrevuela de inmediato la impresión de que mucho de lo que lee, prácticamente todo, es pura Basura. Y el asunto merece un post porque oigo ya a muchísimos investigadores y científicos diciendo que No Creen en la Ciencia tal como está organizada en el último siglo, y que lo que hoy se tramita académicamente es en su conjunto Basura.  Los sistemas académicos no funcionan y estamos ante un siglo de lentitud en el desarrollo científico. Vamos a dar unos trazos generales del problema, que afecta gravemente al desarrollo humano.

Por motivos muy sorprendentes el conocimiento científico se está autodestruyendo a sí mismo en una auténtica jaula de hierro sometida a los peores impulsos de poder y de dominio, cuando no de interés económico y especulativo. Desde hace décadas y en completa contradicción consigo mismo, el supuestamente perfecto sistema de investigación y ciencia, que se auto-examina y refuerza con constantes validaciones y pruebas, no produce una mierda. No da resultados. LLevamos un  siglo de estrictos sistemas de competitividad en la vigilancia de las investigaciones, de férreros chequeos en la metodología conducidos por los organismos y agencias evaluadoras, de minuciosísimas y malvadas vigilancias de cada aportación en las publicaciones prestigiosas. En este siglo han aumentado inmensamente los sistemas de garantía de calidad de la ciencia. ¿Y qué se produce? Mierda. Mierda insignificante. Artículos hechos para ser evaluados positivamente que no valen para nada. Repeticiones e iteraciones de las metodologías con las que se compara, retrospectivamente, al nuevo aporte. Inmensas cantidades de caca reiterativa e inútil, que no genera avances ni desarrollos comparables a los de los siglos anteriores. Glosas y glosas de todo el pensamiento anterior, de todos los aportes anteriores. Ningún científico actual osa ponerse a su altura y lanzar ideas nuevas, osadas, grandiosas.  ¿Por qué?

 Estamos a un siglo de la última gran revolución física, la cuántica. Los científicos cuánticos no podrían hoy publicar ni difundir sus resultados porque se los consideraría una peligrosa secta mística cuyas conclusiones no están probadas positivamente. La ciencia experimental, y no digamos la ciencia social actual, es positivista como en el siglo XVII y completamente escolástica en su radical negación de toda innovación. En ciencias sociales, en filosofía, en lingüística o en filología el más rancio dogmatismo impide impulsar las ideas nuevas, las hipótesis innovadoras. Lee uno a un Chomsky que avanzó tantísimo en la lingüística a mediados del siglo pasado, y hoy está enmarañado en recorregir y reformular sus hipótesis para terminar afirmando estupideces de grueso tamaño, porque su teoría fue sometida a tal ejército de revisiones que ni él mismo se defiende ya contra su propio rigor mortis académico. Y el rigor mortis en todos los sectores y autores va poniendo la mordaza a cada uno de los autores y pensadores de valor de nuestro tiempo, que están todos ellos matizando y rebajando el tono de sus aportaciones hasta convertirlas en simples matices al discurso general, el discurso de la monótona calidad vacía de avances.

 Todo debe ser validado por publicaciones y agencias que son extrañas al propio entorno de investigación y que a pesar de que controlan la difusión y validación de los contenidos, no se rigen por su conocimiento sino por supuestos métodos objetivos de revisión. Estos métodos exigen, por ejemplo, que dos expertos actuales dén crédito a lo que se afirma en la investigación. Es decir, se somete a la visión retrovisora el avance del que innova. Pero además, y por los propios sistemas de competitividad creados para asegurar una vigilancia incoherente y neurótica de lo más estúpida -como si los innovadores científicos fueran especies peligrosas que controlar en sus movimientos como a locos manipuladores de armas químicas- es prácticamente imposible generar una revolución de pensamiento en ningún campo hoy en día. En ningún campo. Se ha creado un sistema que anula desde su raíz el pensamiento innovador mismo. Lo condena a la marginalidad y al ostracismo.

En un sistema que a Kuhn le hubiera resultado irrisorio, los paradigmas científicos están todos con el frenillo puesto en torno a cuanto ocurrió en 1900. La ingente producción de mierda en la ciencia y el conocimiento humanos crecen exponencialmente sin cambiar el paradigma kuhniano de 1900. Se acabaron las revoluciones científicas desde entonces. Uno lee los autores de ciencias y de letras de ese momento y son mucho más innovadores y valientes que los actuales. Aporta más un Lippman, un Jung, un Ortega, un Jaeger o un Heisenberg de 1900 que quinientos cientifiquillos premiados hoy en día con la máxima distinción internacional. 

Desde hace décadas la ciencia y el conocimiento están en la mierda de su propio sistema de medición y de selección que se ha convertido en una jaula planificadora que premia a los más mediocres y castiga a los innovadores y creativos. Buscamos en los libros científicos actuales autores que no se traicionen a sí mismos rindiendo culto a la cuantificación imbécil o a la hipermoderación alambicada e incomprensible. NO hay por supuesto comunicación de la ciencia a la sociedad, como es lógico, porque no hay nada que comunicar que merezca la pena. Y así los científicos e investigadores no saben enseñar ni son capaces de generar en los jóvenes el impulso innovador. Este proceso se produce al margen del sistema, contra el sistema mismo, escondiendo al joven innovador para que pueda entrar oculto bajo la capa de un acreditado loro repetidor de las mismas memeces de siempre en un campo científico cualquiera.

La muerte del conocimiento y la ciencia -no la aplicación técnica, que esa se nos da de maravilla y es la que ha prostituido toda capacidad de reconocimiento del saber humano, comprándolo por miserables servicios a la estupidez y el egoísmo humanos- tienen un precio inmenso. No hay un conocimiento real de cómo solucionar los problemas humanos. La ciencia no sirve para paliar los dramas mentales ni materiales, y la humanidad sigue su caótico rumbo sin que haya corrección del mismo por ningún saber. Por no saber, no sabemos ni vivir en paz y en felicidad. La ciencia, es sin duda, hoy por hoy, otra basura más de las muchas que el humano ha generado como consecuencia de su presencia en el planeta, algo como un debate de grillos y loros locos que nadie escucha, en el que se batalla por dinero, poder y fama, pero que no genera más que toneladas de mierda mental, y digital.

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