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miércoles, 18 de abril de 2012

muere un mundo, nace otro: EL REY QUE NO LEYÓ A GRACIÁN Y EL 12 -m

 

Daba pena ver al rey Juan Carlos este mediodía. Y no porque sea un cazador de elefantes viejo y extraviado, sino porque este rey, que entró en el poder cuando nadie daba un duro por él, y que llegó a ser un verdadero presidente de república, demócrata, honesto y sensible, es ahora la sombra de su sombra: un anciano empeñado en conservar la corona, que cede ya su energía a instintos bajos, y que pide miserablemente perdón para que le dejen seguir reinando. Baltasar Gracián decía: NO ESPERAR A SER SOL QUE SE PONE es un arte de prudencia en el poder. El sol que en el crepúsculo se esconde tras las nubes deja en duda si se puso o no se puso. Puede ser que de maravillosos principios surjan temibles finales.

Y es que el Rey, decadente y miserable de hoy, que arrastraba sus muletas inspirando compasión, por un poquito de poder, es un Símbolo de nuestra era. ESpaña inspira compasión. El sistema político, corrupto y añejo, da pena. El sistema, que se ceba con los maestros y con los viejos enfermos a los que se va a cobrar las medicinas o a mandar a la calle, está muerto. Por conseguir migajas que demoren esta muerte la clase política, los poderosos, serán capaces de todo.

Hay momentos en que hay que partir. Hay que aceptar que todo se terminó, para que nueva energía surja del vacío nuestro. El rey está claramente maduro para la abdicación en su hijo, si no quiere que éste jamás pueda reinar. O vendrá un nuevo sistema sin monarca institucional, para el que haya una nueva energía.

Por todas partes surge la indignación. El clamor profundo que crece por debajo de la miserable vejez de lo que acaba, y que conforme se empantane más se pudrirá y más rebotará en un brusco cambio, tiene que ver con la energía de los jóvenes que tienen conocimientos que aplicar, formas de afrontar las situaciones nuevas, y que no necesitan más que paso para poder crear, libertad para empezar a trabajar. Creo que pronto vamos a ver una santa indignación levantarse otra vez, en plena primavera, a cambiar el mundo. Y entonces no bastarán llantos ni súplicas, porque lo que no se deja cambiar, desaparece.

 

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