CREACIÓN Y CERTEZA
Decía Walter Benjamin que todo
buen narrador está siempre en compañía de su oyente. Y lo decía con una
impresión de certidumbre absoluta, que sabía compartida con su propio lector.
Y es que así es, profundamente.
Cuando creamos de una manera intensa, tenemos la certeza de acertar, en el
calor y la luz que la propia obra emana. Ahí reside su futuro, su llegada hasta
el lector, al que encontrará, con toda seguridad, en algún momento del futuro,
aunque sea en el presente, el momento en el que se traba ese lazo eterno con el
que la creación auténtica se asegura la comunicación.
En los sueños, decía Pavel
Florenski, se funde el tiempo. La creación simbólica en el mundo de los sueños
puede hacer que un hecho del presente desarrolle toda una cadena de
asociaciones que definan el pasado en el instante en que se crea lo real, y con
ello, el sueño une el pasado y el presente en una simbolización que abraza al
futuro porque lo contiene potencialmente dentro de su visión también, dado que
es una creación envolvente.
En el instante presente, cuando
se genera el impulso creativo, hay una unión secreta con elementos que no
dominamos. Y esa unión secreta se llama forma. Es el modo del mensaje. Es
exactamente su formulación. Su orden. Su acierto en la estructura, su fusión de
elementos que puede ser única, rudimentaria, forzada, o extraordinariamente
intensa. Sabemos que está asociada al presente porque depende de él y no de
nosotros, hasta tal punto, que si no la fijamos a nuestra mente mediante la
captación de su forma, se nos escapa de las manos. Y esa naturaleza evasiva,
extraña, atestigua que no es algo que resurja ni que emane de nosotros ni de
nuestra historia, ni de nuestro pensamiento a secas, ni de nuestro talento. La
inspiración baja a nuestras manos algo que sólo se genera vivo, en la vida
misma, no en el pasado, no en el futuro, no por nosotros. Por eso hay que
capturarlo, porque proviene del misterio absoluto que es la vida, de la que
nada sabemos, salvo estas noticias repentinas. Y, sorprendentemente, con esa
naturaleza viva absoluta, que consigue formularse en nuestras palabras, nos
llega también la certeza de que ese mensaje será escuchado.
Cuando creamos, la intensidad de
lo creado nos hace saber que será apreciado, valorado. Sabemos, con certeza
total, que lo que hemos creado con tanta pasión como convicción y adoración,
será escuchado y recreará su poder en otro, u otra. Sabemos que en la belleza
de lo creado está el lector. Que en la verdad de lo pensado y sentido está el
receptor, aquel por quien hablamos. Que lo que hemos llegado a saber es lo que
podemos enseñar a alguien que lo aprenderá de modo idéntico. La creación sabe
de su éxito, es parte de ella. Y es más certeza, por haberse encontrado ya con
ese éxito, por saber que, ocurra lo que ocurra, llegará a su destino.
Eso es en el fondo, crear. Sentir
una certeza que nos dirige necesariamente a formular un mensaje exacto, que en
su exactitud lleva la llave de su comprensión, de su hallazgo común, de su
lenguaje universal. Crear es hablar un lenguaje universal.
El único modo de entendernos, es
crear.
Esta es la explicación a por qué
cuando atrapamos en las tinieblas de la propia confusión, la luz de unas ideas
con forma, podemos llevar a cabo su expresión. La explicación es que esa
creación que surge en el presente, a la que se le da vida por la vida, no es
nuestra. Es algo que nos llega y que oímos con atención, que repetimos, aunque
sea original, de algo que sabemos que es bueno, que nos arde dentro con un
fuego sorprendido, ajeno. Y por eso lo que sentimos, es de otros, es común.
Toda creación es una recepción. Un encuentro. En él, participan las voces, el
presente, el espacio y la tierra del ahora, la que sabemos que existe, aunque
no sepamos cómo nos llega.
Después de ese encuentro se
detiene el tiempo, aunque al creador pueda sobrevenirle la ansiedad de pensar
que su voz no llegará nunca a ser oída, y se muerdan las palabras de no tener
el gratuito amor de unos oídos que le escuchen. En realidad, el poeta ya ha
llegado a su oyente. Se ha llegado a la meta de esa comunicación, de ese
estímulo. El propio poema o el mensaje son una demostración de que han llegado
a ser leídos, aunque esto ocurra muchos años después de haberse escrito, o allí
donde es insospechable que se difundieran. En la inspiración creadora que se
sobrecoge, está implicado que los creadores han conseguido ser escuchados.
La certeza de la comunicación
futura está tramada en el profundo valor, forma y fuerza del mensaje que quema
en las manos de su creador.

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