"MAMI" DE MARIO BANUSHI, EN LOS TEATROS DEL CANAL
Acabo de ver "Mami" del joven director griego Mario Banushi. Me parece de los espectáculos más magnéticos que he visto en años, y las cosas como son, he visto mucho teatro. "Mami" es una pieza teatral en torno a las madres. Es una obra espejo, en la que cualquier espectadora o espectador se ve reflejado. El director tiene la capacidad de hablar la lengua común con su lenguaje de imágenes y sonido. La obra no tiene texto hablado, y sin embargo, está en nuestro centro del sentido y de la expresión profunda.
La obra nos habla de las madres, de nuestras madres, de las madres que somos, de las mujeres que existen y cómo cuidan o son cuidadas. De la vida de su corazón, de su amor, de su entrega, del deterioro y el retroceso hasta ser viejos despojos vacíos, cuando vuelven a ser seres vulnerables como los que trajeron al mundo. Nos habla de las madres que paren hijos que se matan entre sí, de las madres que lloran a hijos muertos. De las jóvenes madres que viven la locura de la alegría más pura, de las jóvenes amantes que son la almendra transparente y sagrada de la existencia. La obra pinta a las madres, a todas las madres, que son una. Y todo esto, sin una sola palabra.
Banushi usa un arte muy antiguo, para poder conectar con todo el mundo. A veces parece que estamos viendo arte rupestre, por las oleadas de resonancia que despierta en quien presencia la pieza. Los cuerpos humanos, la oscuridad, los movimientos animales, los sonidos en eco, la bruma o el aura de la luz, son a veces prístinos, como inaugurales, como tomados del origen mismo de la experiencia. Otras veces, el escenario se convierte en un altar sagrado, en un centro de misterio, donde los cuerpos transmiten, con su aspecto estatuario, un hieratismo total, en el que podemos pensar y ver, y vover a pensar, en oleadas tranquilas, que van despejando capas del corazón. El director nos recuerda a muchos grandes de la escena, como a Steven Berckoff en aquella "Salomé" hipnótica a cámara lenta, o el videoarte de Bill Viola, pero también recuerda la danza Butoh y su inmovilidad radiante. En ocasiones parece que estamos viendo arte griego clásico vivo, con korés y con kurós en cuya silueta reposa la gracia divina más pura. Los cuerpos humanos son aquí no un fin, sino el medio de expresión, de comunicación, de algo secreto y profundo como es existir. En la materialidad que usa Banushi hay un lenguaje escondido. Es un sabio manejador de auras, que encuentra en el escenario, que maneja como un espacio infinito donde situar tamaños, ópticas, completamente innovadoras. Es a la vez antiquísimo y completamente nuevo.
Y más que un lenguaje, este director puede emocionar sin palabras y mediante el simbolismo que mana de la materia común. Una luz focal dirigida al público se convierte en una estrella radiante de la que surgen sombras que son seres vivos. Una casa rudimentaria y sus ventanas iluminadas simbolizan la vida y la muerte. Todos los objetos resuenan en el universo de Banushi que a veces es una pintura surrealista como del Bosco, en la que la evolución constelada de cada presencia en escena se convierte en un relato que el corazón reconoce al verlo, como propio. Y la obra sigue resonando: a veces se convierte en un arte fotográfico, por el juego con el contraluz y con las siluetas, por la parálisis, por la alusión al mundo muerto de la foto, y esa impresión de recuerdo habla también del homenaje que hace Banushi a las imágenes congeladas que son la vida, de cuya entraña sacamos sin embargo el futuro misterioso. A veces también, la obra recuerda al universo en niebla del cine de Angelópoulos, a las presencias idas de las noches tristes que el mundo griego guarda en su historia profunda.
Es increíble poder presenciar el fruto vivo de un universo cultural trimilenario en un escenario creado por un director de 28 años. Porque "Mami" supone la continuidad respecto a la gran creación griega: en sus motivos profundos están vivas la Madre Diosa, la Madre trágica, la Koré sacrificial, la Perséfone enamorada de la muerte, la tierna anciana Deméter. Pero es un homenaje no solamente a la cultura antigua, sino a la cultura moderna griega donde el poeta Yanis Ritsos, en su "Epitáfios", con música de Theodorakis, clamaba en boca de la madre dolorosa por su hijo asesinado por la policía en las calles de la Atenas revolucionaria contemporánea. Milenios de una civilización capaz de usar el arte para resonar en cada corazón transmitiendo algo más que historia: experiencia y verdad vital. El teatro nació en Grecia y hoy los directores de teatro griegos, los actores, siguen llevando dentro una sangre capaz de hervir sobre las tablas de una manera única. Siguen siendo capaces de proyectar sombras sagradas y llamar al misterio para que se haga lengua. Siguen creando un lenguaje no solamente con la palabra, sino con el cuerpo, con la maquinaria, con la presencia, de un modo que sólo podemos llamar "oficio" griego, en el sentido más profundo y etimológico del término: verdadera magia escénica hecha obra y materia. Un verdadero lenguaje tan joven hoy como hace 3000 años.
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